
Victorioso, eufórico y testosterónico. Así se podría definir el estado en que me encontraba tras el último gran asalto, la última batalla contra mi enemigo en la que las últimas sangres manaban a borbotones de mi incansable subconsciente. Y el acto valío la pena pues no hay victoria más sólida y hermosa que la que nace producto de mil batallas combatidas, mil heridas sufridas, una detrás de otra sin descanso, afligidas con duro carácter espartano y religiosa resignación. Mil fueron, como ejército de mil estandartes al viento, mil caballeros acorazados todos dispuestos para la Santa Guerra. Cruzada militar donde las artes castrenses marcan los días y sus descansos, la muerte y el olvido consciente de la vida. Donde las hogueras prenden nuestro carácter ególatra y nos hacen más humanos, más cercanos a nosotros mismos porque, en definitiva, es a nosotros mismos a quien nos enfrentamos en encarnizados combates cuerpo a cuerpo. Sable amenazador sobre las cabezas, violento estacazo, derriba, rompe y cercena carnes y huesos, mana y salpica sangre y otros humores sobre más sangre y más humores, y restos sobre restos. Al final sólo el sudor, el cansancio y el gesto de la angustia reprimida a golpe de la misma necesidad de sobrevivir marcan la jornada. El golpe certero ha sido decisivo y ahora sí puedo llamar al descanso definitivo en este baluarte de sacrílega lucha infernal, porque hemos vencido. Hemos sobrevivido al espíritu del frio y duro guerrero fantasmal de la Hipnagogia que cada noche nos acecha en la oscuridad. Acecha allá donde la luz teme llegar y el espacio se convierte en tenebroso y denso pavor. En ese punto de la obligada linea del tiempo en que nuestra conciencia pretende prevalecer sobre todo pero las circunstancias le son terriblemente hostiles y la química de la sucia guerra corporal prende como fuego en granero aislándonos en una húmeda tumba, enterrados en vida sin voz ni movilidad, sujetos al azar de la perversidad de nuestra mente. Pero ha finalizado esa etapa de cruel mandato despótico. A partir de ahora, cruel enemigo hipnagógico, te reconoceré cada vez que llegues, cada vez que asomes las armas aliado de la oscuridad, te reconoceré porque conozco tus reglas y me adelantaré a tus rudos y previsibles movimientos relegándote allá de donde has salido, al oscuro e inhóspito rincón húmedo del olvido.
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