miércoles, 8 de agosto de 2007

Ambigua y delicada expresión

Y es cierto que cuando uno pretende expresar una idea lo tiene crudo. Crudo en el sentido de difícil digestión, porque a veces se atragantan las palabras y quedan los matices en ese espacio interdental a salvo de la digestión mental. Y me pregunto por qué no resulta tan sencilla la expresión como su concepción mental. Allá arriba, donde las neuronas se bañan en su caldo químico y se gratifican con descargas eléctricas unas a las otras participando en una orgía de impulsos, se crea la imágen de la percepción por un lado, o la imágen de la concepción de la idea por otro, compuesto de imaginación, intuición, memoria, deducción... complicado alambique donde el elixir destilado merece una etiqueta con todos los matices. Y son esos matices a los que me refiero. La idea nacerá sin más, con garbo y salero o sin ellos, con más o menos originalidad, pero el matiz habrá que fabricarlo con tesón y cuidado, pues será lo que a la postre, nos cualifique como óptimos emisores. Pero dicho esto, vuelvo a la cuestión: ¿por qué cuesta tanto darle el matiz y acertar con precisión en la expresión de nuestros pensamientos?

Por eso y ante esta dificultad, pretendo intentar homenajear la intención de la comunicación inteligente, esa que a falta del justo matiz emisor, goza de la empatía del receptor, factores ambos que contrarrestan carencias y que, entre uno u otro, ayudan al difícil arte del entendimiento entre las personas.

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