Cargada debes estar, cálido amor mio, de esa sustancia mística que en los templos consagrados la llaman Serotonina. Será sangre de otra hermana tuya, oh musa mia, digo yo, pues cosas divinas de esta categoría no se nos está permitido disfrutar a los simples mortales. No te vence a ti el sueño, Euterpe, cuando el espeso manto añil cubre la luz y sofocados quedan los lamentos de aquellos que soportan día a día el duro, afilado y áspero tacto del látigo solar. No te vence tampoco la lujuria desenfrenada, pues tu arte musical permite que dure nuestro juego hasta bien casi entrada la mañana. Luna y estrellas testigos son, amada musa mia, y la lechuza no lo calla sino que lo aclama con su canto sincopado y lo esparce suavemente la fresca brisa norturna, y allí vuela. Aliento de mi idea, combustible de mi ser, mi musa, el código y sostén de mi placer.
A mi criatura solar y flor campestre, Euterpe en este textículo.
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