jueves, 3 de julio de 2014

El refugio o de como Alfa y Omega van de la mano por el mundo

Después de mil veces renacer en mil sitios diferentes, recuerdo especialmente una austera celda espiritual del Pótala, o el sótano frío y húmedo de una abadía francesa, o a la sombra de un cerezo primaveral en Japón, el cómodo lecho de una cueva neandertal, en un embarrado cañizal de Bangladesh, una polvorosa cabaña de la sabana africana, varios pisos infectos de diferentes ciudades medievales europeas, en fríos hospitales y concurridas madrazas, en pútridos callejones oscuros y en lujosas mansiones nobles, en la sucia bodega de un galeón negrero, bajo un soportal del jaleoso zoco de Tombuctú, inmerso en la calidez de una yurta en la estepa siberiana o en el constante traqueteo de una carreta vieja y destartalada atravesando la llanura norteamericana. Todas ellas y tantas más que aún me vienen a la mente, algo tienen en común: el sentimiento de desasosiego y profundo pavor al ser expulsado del vientre materno, la pérdida del refugio original viéndome inmerso involuntariamente en un mundo de lucha continua por la supervivencia. Legítimo o muchas veces no, producto del amor en contadas ocasiones, de errores, de olvidos, producto del azar y de la brutal violación y el saqueo, no siempre concebido con la misma finalidad ni a conciencia, ese es mi curriculum que para bien o para mal, arrastro en el archivo de mis genes. Así como mil nacimientos, mil vidas he vivido, he disfrutado y he soportado, humillado o jaleado, menos largas o más breves, donde lo trágico y lo alegre se entremezclan, los sinsabores y las desilusiones se funden con la sorpresa o el abatimiento, viviendo tranquilo, agitado, perseguido o mutilado, corriendo para comer o para no ser devorado, cazando, destripando, amando locamente o decapitando enemigos, recorriendo sin pausa el mundo en busca del refugio del que siempre se me ha expulsado. Al final de cada una de las vidas, de forma inexorable, acaece la muerte. Mil muertes me han dado caza y de ninguna de ellas he podido sustraerme. Muertes dulces, muertes frías, quemado, atravesado por hierros, desmembrado o lanzado al vacío, asfixiado o ahogado, comido… Todas ellas con un cuadro final común: la satisfacción de regresar al refugio y la angustia de hacerlo en completa soledad.

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