viernes, 25 de julio de 2014

Baleo

Amanece el día. Hace rato que estoy despierto contemplando el vasto mar desde este peñón en el acantilado. Allá abajo las suaves olas rompen contra los muros de roca calcárea que se levantan abruptos desde el fondo marino. Todo es quietud. Todo invita a relajarse y respirar, porque el rocío lo ha empapado todo y los aromas son más intensos ahora. Romero, espliego, tomillo, mirto, brezo, pino, salitre, tierra húmeda... flotan en el aire y saturan el olfato. Los cálidos colores del cielo arrebolado por el sol naciente forman un lienzo ante el que nunca dejo de sorprenderme. Su grandeza me emociona y a la vez me embarga un agradable presentimiento. Hace rato que los mirlos cantan y describen trazos aéreos persiguiéndose, aún antes del amanecer. Allá abajo las gaviotas chillan ensarzadas en un hambriento festival animado por un banco de pequeños peces voladores, sobre la superficie tersa del mar. La suave brisa marina me trae historias recientes de dominación, de poder, sangre y dolor. De otras gentes, otras razas, rabia, angustia y desolación. De armas, griterío, caos y mutilación, donde no hay piedad, no hay consuelo. Es la guerra y a pesar de esta quietud bonancible, su codicia acecha detrás de cada noche. Es cuestión de tiempo y habrá que afrontarlo.

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