Me levanto de la cama, de madrugada, tras despertarme súbitamente y
salgo de la habitación atraido por un extraño resplandor. Reinan un gran
silencio y una luminosa oscuridad. No obstante, me siento tranquilo. Al
salir de la habitación me encuentro en un gran espacio oscuro, brumoso,
con un punto levemente iluminado alrededor de una imagen humana extraña,
sentada en una silla y mirando hacia mi posición. Me giro pero no hallo
la puerta de mi habitación. Estoy en ese espacio brumoso sin más
límites que la oscuridad. Noto su mirada, me giro y me hace un leve
movimiento con la mano para que me acerque. A medida que me acerco me
voy dando cuenta de que no es del todo humano. Tiene rasgos humanos,
pero también animales. No me asusta a pesar de su aspecto. Su mirada,
que la capto de lejos, no refleja malícia. Está desnudo, recubierto de
un grueso vello abundante y en los sitios despoblados, su piel aparenta
ser rígida, gruesa, ruda, oscura. Sus manos, con dedos extremadamente
largos, son fuertes y elegantes, aunque podrían ser armas letales con
esas largas uñas. Las piernas parecen contrahechas, la rodilla se le
dobla hacia atrás y le obliga a adoptar una postura extraña sentado en
la silla.
Sigo acercándome y
me indica una silla situada frente a él. Me fijo en dos protuberancias
que le sobresalen ligeramente del vello a cada lado de la parte superior
de la frente. Tomo asiento frente a él y mi vista le recorre curiosa e
incrédula de abajo a arriba, hasta llegar a sus ojos que me atrapan.
Debo estar a unos tres metros de él, pero me da la sensación de que sus
ojos están a menos de un palmo de los mios. Veo como varía el tamaño de
su iris, como cambia de color, como la profundidad de su mirada me
traspasa y soy incapaz de ocultarle mis pensamientos. No me habla pero
está comunicándome con una nitidez extraordinaria lo que sucede en el
mundo, lo que me sucede a mi, mis errores y virtudes, mi pasado,
presente y futuro, cuando por el alcance de la información, salto como
un resorte de la silla asustado. Sus únicos movimientos son ligeros
ladeos y balanceos de la cabeza, pero sus ojos gozan de una actividad
frenética. De alguna manera me tranquiliza y me obliga a seguir sentado.
Me hace comprender lo que me comunica, lo entiendo todo, no hay vuelta
de hoja. Me hace partícipe de la sabiduría, me habla de antes de que el
mundo fuera mundo y el hombre fuese hombre. Veo como el hombre
evoluciona y su devenir como especie. Veo como el hombre se pervierte,
miente, crea sus ídolos y dioses para su propio interés y beneficio en
contra de muchos otros, cómo toman posesión de lo que ellos llaman el
bien y prohiben lo que les interesa, ponen reglas y matan en nombre esos
supuestos dioses, y reina la perversión y crecen las generaciones bajo
esa bandera.
Necesito tu ayuda, -me dice-, Pon luz donde no la
hay, y destierra la oscuridad disfrazada de falsa luz crepuscular.
Necesitaré una fuerza que no tengo -le solicito-, y tras su respuesta
atronadora, he vuelto a despertar en mi cama, esta vez envuelto en sudor
y cerca de la hora matutina, recordando sus últimas palabras: "invoca
mi nombre: Mefistófeles".
sábado, 18 de junio de 2011
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