La puedo intuir. Ella está ahí, en algún lugar. Me susurra, ríe y
me sonríe, me mira, me toca, baila y me canta, pero la densa niebla que
ciega y ensordece la poca luz ambiental no me permite confirmar que sea
verdaderamente Ella. El deseo me la dibuja y perfila clara, bella y
nítida frente a mi, espejo irreal de la realidad, de manera que me obliga
a ver que quien tengo al alcance es de alguna manera Ella. Y quiero
creerlo aunque sé que no debo dejarme llevar por los indeseables deseos
del vendido perro subconsciente.
Y
de esa manera, la duda imperecedera se retroalimenta de sí misma como
monstruo que ansía sus heces porque se alimenta de basura.
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