
Y otra vez volvemos al punto de inicio de la semana. Fatídico punto donde se encuentran las emociones que nos han desbordado no hace mucho, tan sólo 360º atrás. Gira y gira el torno y, envueltos en una densa atmósfera translúcida y asfixiante, nos vemos imposibilitados a frenar a pesar de los esfuerzos realizados para tal fin. La detención es utopía, porque somos gotas de lluvia que caen casi ingrávidas desde un indefinido punto en las nubes, y en su descenso continuo y caótico son arrastradas por la masa de aire que las hace bailar a su gusto y antojo, hasta que inexorablemente llegan a su fin, su destino no escrito ni pensado ni deseado. Es en ese vaivén en suspensión, mecidos casi matemática e incesantemente, el punto en el que nos encariñamos forzosamente con la compañera de viaje llamada Resignación. Quizá sea monja, o por lo menos debe dedicarse en cuerpo y alma a la religión más cercana al demiurgo. Piénsolo bien y decido que lo más probable es que no disponga cuerpo. Alma sí, mucha y grande, porque abarca lo que una amplia canasta de mimbre hecha a medida. El cuerpo lo debió perder cuando harta de que fuera violentado por indecentes desesperanzados, lo abandonó en la cuneta para que fuera aprovechado por su hermana Esperanza. Es por eso que, incondicionalmente, esperamos hallar la esperanza allá al borde, en la cuneta donde Resignación lo abandonó. Esperanza, esperanza; que te espero para obtener una alianza. Pero ahora estoy en ese punto de no regreso y siempre de retorno en el que la resignación me sostiene. Cuan peculiares son las circunstancias que me atan con férreas correas a tu argolla, amiga compañera.
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