No es el nauseabundo álito de la muerte el que me sobresalta y atemoriza; no, no es saber que su presencia etérea resigue los pasos a mi espalda, notando su presión; no, no es notar el frío y cortante acero del filo de la guadaña próximo a mi garganta esperando el momento del contacto definitivo; no, no es la oscuridad desolada y fantasmal que se cierne bajo su capa con la que nos envuelve en el último instante la que me provoca pavor. No.
No es la Muerte.
Es la Vida la que me acongoja. Es esa maquiavélica forma de autosubsistencia cíclica que lucha por hacerse su espacio en el Mundo en contra de lo inerte, esa forma pacífica de no existencia; es esa esencia infecta y corrosiva que comparten todas las especies y cuya máxima es continuar su expansión cual virus formidablemente enfermizo y áltamente contagioso.
Ha sido la Vida a lo largo de interminables eones la que nos ha castigado, infligido, sancionado, mortificado con la Conciencia, ese supuesto don que nos pone ojos analíticos, reflexivos y críticos frente al Mundo. Es la Conciencia quien me castiga diariamente haciéndome saber partícipe de una especie viva que mata, tortura, sangra, castiga, inflinge las mayores atrocidades diariamente no solo a seres de su misma especie sino a todas las existentes sobre la faz del planeta, y no solo es esa enfermiza actividad, sino que frecuentemente disfruta de ello, alardea de ser más fuerte, más poderosa, más psicópata, más sangrienta y despiadada, carente de todo escrúpulo y sentimiento humano, aunque este calificativo benévolo está razonablemente en entredicho.
A diario determinados grupos humanos acaban con la vida de otros muchos por pensar y vivir de manera diferente. A diario, personas son apaleadas, torturadas, vejadas, violadas, asesinadas por ser como son. A diario vemos como quienes manejan las políticas del Mundo, favorecen las matanzas con la venta de armas, con el beneplácito de la invasión territorial, con la violación de derechos humanos. En lugar de velar por los derechos de todo ser vivo, lo hacen por sus propios intereses, de forma escandalosa y sin escrúpulos, y matan y contaminan y vejan y encarcelan y apalean y esa miseria es trasladada no solo a los humanos sino a otras especies, de manera que se está acabando con muchas especies animales, en peligro de extinción, matanto, torturando perros cuando ya no sirven para cazar, caballos cuando ya no ganan carreras, aves cuando pasan sobre nuestras cabezas y vamos armados con escopetas…
Y alzamos banderas y entonamos himnos, y apedreamos y matamos a quienes no comparten nuestros cánticos ni agachan la cabeza bajo esa bandera. Y creemos que por ser más fuertes tenemos derecho a violar a otros, o nos juntamos en manada para satisfacer nuestros más profundos apetitos y vejamos, insultamos, ultrajamos, violamos, torturamos y matamos…
Reniego de la Vida. No quiero ser consciente en un mundo desquiciado. No quiero formar parte de esta aberración que es la Vida humana sobre el Mundo. Es la gran pesadilla: volver a nacer, volver a la Vida en un ciclo infinito.

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