Una fina lluvia y un techo denso y gris cubren el cielo y despiertan este lunes. Me acabo de levantar; Son poco más de las 7 de la mañana.
Antes de preparar el desayuno, miro a través de la ventana. Mi pensamiento me traslada, no sé por qué, a los días de la mili en El Cumial. Me siento un poco allí. Esa neblina húmeda y persistente que cubre el paisaje, esa desolación emocional, esa frialdad solitaria del mundo que observo...
He dormido bien; ha sido un sueño reparador a nivel físico, aunque necesitaría otra intervención diferente para recuperar el estado normal de mis emociones.
Este fin de semana pasado he estado con mis padres, en su casa, vigilándolos, guardándolos, haciendo de ángel protector, dándoles confianza, dándoles sentido… aunque como cada vez que me toca hacerlo desde hace un tiempo, mi ánimo naufraga, mi interior se convulsiona y padece. Seguramente unos ojos vidriosos y especialmente brillantes me delatarían ante una mirada escrutadora. Fragilidad emocional a flor de piel. Alguna lágrima se me escapa, esquiva y ocasional. Ver la situación de dependencia y el caos cognitivo en el que están inmersos me provoca una pavorosa tristeza, una honda sensación de impotencia y abatimiento, después de verlos y recordarlos durante toda una vida activos y, ahora, cuando deberían estar disfrutando a conciencia de sus últimos tramos en el camino de su vida, malviven a expensas de su propio olvido, encerrados en un laberinto de espejos donde apenas reconocen su imagen reflejada y a espaldas del correr del tiempo, de su tiempo.
“¡Es lo mejor del mundo, mi hermano! ¡Qué guapo!, ¿eh?”, explica mi madre a cualquier visita con aspecto de satisfacción infinita, refiriéndose a mi. Para ella soy Tomeu, su hermano pequeño. Por otro lado, parte de su tiempo lo dedica a preguntar y preguntarse qué será de su hermana Coloma, fallecida hace muchos años, entre 15 y 20, que ella tanto la quiere y que tanto la necesita, y que no sabe por qué hace tiempo que no la ve. “¿Le habrá pasado algo?” -no, mamá, está ocupada con su trabajo, con sus hijos, como tú, le digo, y asiente aliviada.
Me pregunto por qué no me pide por su hermano mayor, Toni, al que en tanta estima teníamos todos y ella, mi madre, en especial. Posiblemente, me digo, él murió cuando mi madre aún no había sucumbido en brazos del Alzheimer, y le dió tiempo a cerrar ese círculo. Quizá Coloma falleció cuando mi madre ya no era capaz de sellar en su memoria los acontecimientos y, así, su hermana, alcanzó la eternidad en su memoria, un ciclo no acabado, cuyo recuerdo vuelve cada día como un fastasma a recordarle que está ahí, en su laberinto de espejos, viendo su imagen en cada esquina, en cada mujer vista de espaldas, alejándose pero sin desaparecer nunca del todo.
Cada vecina mayor, anciana, de las que nos topamos cuando bajamos al bar de la plaza a desayunar o comer, es, para ella, una antigua amiga de Villafranca. Reflejos en un circuito cerrado dentro del laberinto de espejos. Me indica con un gesto amable, que su casa está tras la esquina, “¿Sabes dónde estamos, verdad?, ahí detrás,” indicando con la mano. Sí, mamá. Claro que lo sé. “Y Coloma, hace tiempo que no la veo”, mirando a su alrededor, buscando entre preocupada y extrañada.
Está ocupada, que tiene mucho trabajo con sus hijos, le digo.
Y así, varias veces en la misma hora, se repite el reflejo en su laberinto, y el reflejo se refleja en un infinito falso reflejo y creo enloquecer yo también, reflejado en sus reflejos.
Mi padre se resigna, aún, a las “rarezas” de mi madre. Me reconoce, a pesar de estar viviendo en su particular laberinto de espejos, también.
Me reconoce pero, a veces, a alguien le pregunta: -“¿Sabes quien es éste?, mi hermano mayor”, dice. Algunas veces soy su hermano mayor. La última vez que estuvo hospitalizado se lo dijo a su compañero de habitación. A su mujer, mi madre, también. Se lo pregunté en una ocasión. Le dije que, a veces, me confunde con uno de sus hermanos. ¿Con quién?, le pregunté, creo que con Luís, me respondió. Y me asolan tantos recuerdos, de Luís, de su y mi familia, de Granada, de mis padres cuando dominaban el juego de la vida, de mis hermanas y yo cuando empezábamos a caminar el mundo…
“Una amiga” con la que no quiere casarse es mi madre algunas veces para mi padre. Y a veces, su casa deja de ser su casa. ¿Qué reflejo habrá contemplado en algún espejo de su laberinto que lo habrá confundido hasta el punto de no reconocer que ésa es su mujer y ésa es su casa? Se va de casa, no sabe qué hora es ni qué día, no tiene importancia eso, se pierde en las calles que no reconoce, se pierde en los pensamientos de una cabeza que no es suya, se pierde en una vida que ya no le pertenece, que se le escapa de las manos y del pensamiento.
La razón, qué extraña criatura que deshabita las casas en las que ha permanecido amable durante la vida y, en un soplo, apaga las cabezas como las llamas de las velas y nos vuelve cuerpos patéticos vividos y usados, sin memoria como batería agotada, sin capacidad de reacción, sin soplo de esperanza, de ilusión, de vida.
Me aterra no saber encontrar la salida del laberinto de espejos en los que veo mis reflejos a través de las vivencias y desmemorias de mis padres.
Frente a una atenta mirada observadora, mis ojos vidriosos y brillantes reflejarán en su fondo el intenso pavor que siento a perderme en mi laberinto.

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