Tu mirada que bailaba siempre inquieta, hoy anda lenta y perdida.
Tu gesto antaño alegre y cordial es una mueca de impotencia y vacío.
Tus palabras concretas e incisivas han tornado huecas y sin atino.
No tienes un final apoteósico, alegre ni memorable sino que, como la mecha de una vela, vas atenuándote y consumiéndote hasta que, pronto, un leve hálito sordo deje un hilo de humo gris en el aire denso, triste y frío.
Añoranza de alegres gritos infantiles, voces paternales y risas sin freno. Tierno sol primaveral y aroma a fruta madura, a cocina. Melancolía de la seguridad del hogar. Motas de polvo a contraluz flotando en el aire fresco y vivo de la habitación. Cuán inconsciente la alegría de un tiempo ilimitado. Tú estabas allí. Siempre estarás.
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