viernes, 30 de septiembre de 2016

Talaiot II

Con ojo avizor he divisado muy a lo lejos, por fin, la serpiente multicolor que conforman unos trescientos o cuatrocientos piratas de variopinta vestimenta y armamento, descendiendo por un sendero que discurre escondido por el inclinado pinar hacia la costa cada vez más cercana. Seguramente allí, en una recóndita cala tranquila a buen resguardo, están fondeadas las naves piratas esperando el regreso de los asaltantes.
Aprieto la marcha animando a Qun que se retrasa, agotado y resoplando, a falta el aliento, mientras Ashir contempla preocupado el grueso del grupo de sarracenos que avanza rápido a través del bosque.
En la ladera opuesta aparece un grupo más numeroso de guerreros descendiendo veloces hacia los piratas. De lejos no reconozco a qué clan pertenecen, pero nos serán de gran ayuda. Elevo el brazo en señal de saludo y bienvenida mientras descendemos raudos la ladera opuesta a la suya, ambos en pos de la misma pieza.
- Hay que darles caza. Hay que detenerlos antes de que embarquen -les digo.
- Son muchos, no podemos luchar contra todos ellos -replica Ashir.
- Con el otro clan, podremos intentarlo. Quizá haya más gente que no vemos desde aquí persiguiendo a los piratas. Hay que intentarlo, Ashir.
Avanzamos rápido entre la maleza esquivando ramaje y ya puedo escuchar las imprecaciones de los piratas más rezagados y los gritos y lamentos de aquellos a quienes llevan encadenados. Avanzo rápido agazapado en paralelo por encima del sendero por donde va el grupo. Ashir me sigue y Qun también lo hace, a mayor distancia.
Oigo los rápidos pasos y el crujir de ramas que provoca el avance del clan que se acerca por el otro costado. Cada vez más cerca, siento como el pulso se me acelera. Me recoloco la corta espada empuñada fuertemente en la mano izquierda mientras con la derecha preparo la jabalina. Sigo avanzando rápido esquivando ramas, algunas me hieren la cara, cuando a poco más de cincuenta pasos consigo ver la retaguardia de los piratas, avanzando a trompicones empujándose unos a otros. Nos vamos acercando rápidamente cuando a menos de diez pasos de distancia de ellos, uno de ellos se percata de nuestra presencia y da la voz de alarma. Un grupo de cuatro sarracenos se detiene y empuñan sus armas en el momento que saltando por encima de un matorral que nos separa caigo sobre el primero con la jabalina atravesándole la clavícula mientras con la espada detengo el golpe que me ha lanzado su compañero inmediato. Caemos al suelo pero no doy tiempo a que me ensarten, saltando hacia un costado propinándole un corte con la espada al cuello de un tercero mientras otro pirata cae con la jabalina de Ashir clavada en el pecho. En ese momento se incorpora a la batalla el clan que descendía frente a nosotros con mucho estrépito, entre gritos y armas arrojadizas, mientras otro grupo numeroso de piratas ha retrocedido para hacernos frente.
La mayoría de piratas no se espera a hacernos frente en la batalla sino que, más bien al contrario, corren hacia la cala, unos para no arriesgarse a perder la vida en la batalla, otros para no perder el botín acumulado en sus razias. Desde lejos, un grupo de arqueros lanza flechas para deterner nuestra embestida.
Sigo avanzando ahora lentamente, parando los golpes o esquivándolos, gritando e intentando herir si no matar a quien se me ponga delante. Desde atrás, un duro espadazo me hiere el antebrazo que me obliga a soltar mi espada. La rápida intervención de la espada de Qun que se introduce profunda en el costado de mi atacante, me libera unos segundos. A duras penas puedo volver a sujetar mi espada ensangrentada, ahora también con mi propia sangre. En el combate cuerpo a cuerpo es mejor usar ésta a la jabalina, así que intercambio las armas de mano y sigo avanzando, entre los miembros del otro clan que luchan fiéramente, cayendo algunos a causa de las flechas sarracenas que golpean con fuerza, silbando y cortando el aire.
El ambiente está cargado de griterio, la tierra húmeda del sendero se llena de sangre y cuerpos abatidos, gemidos, gritos de dolor, llantos, unos piden compasión pero no la encuentran. A medida que avanzan los clanes hacia los piratas, van acabando con todos, sin dejar uno vivo.
La retaguardia sarracena se ha deshecho y prácticamente eliminado. Una fuerte patadón inesperado en el vientre me detiene y me obliga a arquearme mientras puedo evitar con la espada un fiero golpe de hacha que me propina un corpulento y oscuro sarraceno. Una flecha se clava en su pierna mientras una jabalina que llega desde detrás de mi posición, se le clava en el vientre y, al agacharse, es mi espada que le alcanza el cuello. Cae de bruces y paso sobre él para continuar la carrera hacia la cala. No hay nadie más que me oponga resistencia. Me siguen de otros clanes, además de Ashir. No he conseguido ver a Qun en un rápido vistazo hacia atrás. Corro y me doy cuenta de la importancia de la herida de mi brazo. Sangro y debería evitar la hemorragia antes de perder demasiada sangre. Estamos llegando a la cala, casi desfallecidos, cuando desde lejos veo que los últimos piratas ya están en los botes aproximándose a las naves que empiezan a izar las velas. Puedo ver a Ixiar, la hija de Nountos, el maestro de obras de nuestro clan, y su madre, con otras mujeres de la aldea, atadas y lamentándose, siendo empujadas de un bote hacia una de las naves. Puedo ver como uno de los niños prisioneros ha saltado por la borda y es saeteado por un guardia desde la cubierta de la nave. Caigo de rodillas sobre la arena, desesperanzado, impotente. Ya no podemos frenar la huida ni detener el secuestro de nuestras mujeres y niños. Junto a mi van llegando otros guerreros que, también impotentes, contemplan como las embarcaciones empiezan a coger distancia mientras el viento infla sus velámenes, desapareciendo poco más tarde por detrás de la línea rocosa de la costa. Poco después, pierdo definitivamente las fuerzas y caigo desmayado desvaneciéndose todo ante mis ojos.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

TEMPUS VÍVERE

Com un incendi golut que amaga el turó
s’aixeca victoriosa i llorejada la llum solar
entebeint el món fins ara sinistre
domini de les fosques bísties selenenites

Surt guanyadora com cada matí del nou dia
lluminaria divina sobre diabòlica foscor
en la seva eterna lluita on el pèndul
puntual e inflexible atorga la victòria
després d’haver-la perdut en caure la nit
batalla infinita entre la llum i la foscor,
batalla sempiterna entre la raó i la passió

S’enfugen esperons i penyals del seu contorn,
pedra aspre, roca inclement, agresiu esquetjar
del seu cobriment pinar, llentiscle i d’alzinar
com extremitats desesperades per enxampar la llum
evadint-se del obscur i incert abisme angoixant

Ocells amb ploma bufada badallen
agraïnt amb xiulets cridaners la vida
mentre fures obscures repten pel bosc
esmunyint-se cap el seu humit amagatall

Guaita un altre dia amb ànim esperançat
Renaixença del nou dia i d’un mateix
amb forces renovades i emprenedores
Som vius, crida al cel la milana,
Som vius, doncs és just ara el moment.

jueves, 28 de julio de 2016

El bloque

Planta baja. Cuando tu pareja decide poner fin a la relación conyugal en un momento en que tú crees que todo va bien, o como mínimo, no tan mal como para abandonar los objetivos comunes, todo a tu alrededor se convierte en un gigantesco puzzle de cubos que se va desmoronando y cayendo al abismo, contigo incluido, a velocidad ralentizada. No entiendes nada de lo que ocurre, no te explicas los por qué, cómo, cuánto o cuándo. Está sucediendo, simplemente. No te libras de la pesada desesperación que ahora llena el lugar en el corazón que hace poco ocupaba tu amada. El vacío es una bomba que ha explosionado de la nada y se expande vertiginosamente ocupando áreas en tu cerebro que antes tenias ocupadas en otros menesteres. Ahora todo tiembla, todo son dudas, nos hemos empapado de la fina lluvia de la inseguridad y amenaza con oxidarnos. Menudo trance. Quien no ha pisoteado este doloroso camino, no podrá reconocer el desolado paisaje que lo rodea, las angustiosas ideas que pueblan sus cielos, la agobiante atmósfera densa que nos impide respirar normalmente, el pánico a ser los únicos habitantes de este nuevo planeta que se nos antoja inhumano, infernal, sacado de una horrible pesadilla. Primer piso. El dolor es tan intenso... He pasado del estado divino como habitante del cielo, viviendo en la burbuja emocional que supone saberte y tenerte, a estar sumergido de repente, como quien despierta de un sueño, en las corrientes abismales de lava volcánica en las entrañas de la Tierra, sin saber dónde te llevarán, en qué rincón oscuro y olvidado acabarán tus días. Segundo piso. Olvidar. Cuesta tanto intentar olvidarte cuando todo a mi alrededor me recuerda a ti. Cuesta tanto levantarse cada día sabiendo que no estarás a mi lado, que nuestros pensamientos enamorados no se cruzarán en el cielo, cortejándose y haciéndose el amor. Cuesta tanto levantar la mirada. Ático. Tu sonrisa, tu tacto y tu mirada se convierten en alimento para mi alma. Recuerdo que en las ocasiones en que disfruto totalmente contigo, de ti, cuando tomo plena conciencia de nosotros, esas pocas veces que uno piensa que el mundo debería detenerse al momento y vivir eternamente ese instante, pienso que el mundo es breve y que ese estado de gracia no puede alargarse mucho en la linea del tiempo. Tiempo... el soporte de nuestros goces. Sin ese sólido, constante y efímero soporte, la felicidad no tendría sitio dentro de mi, en tu interior, entre tú y yo, entre nosotros y el mundo. Desde la terraza contemplo el horizonte. Tú lo impregnas todo. Mire lo que mire, lo veo a través del afecto y el soporte que significas para mi. Soy yo y tú eres mi circunstancia sobre la que se desenvuelve mi ser. Conformas mi ánimo definiendo mis colores anímicos. Desde arriba miro al horizonte, cielo fresco y despejado. Todo se ve mejor desde el ático, aunque las imágenes que percibimos, frecuentemente pertenezcan al pasado.

lunes, 27 de junio de 2016

CAE

EEE o CAE, como prefieras llamarlo.
Uno, (Encapsulated Energetic Ent) se define como ente energético; el otro, conciencia autónoma extracorpórea. Dos denominaciones científicas para un sólo fenómeno ordinario.

Al respecto y hasta la fecha, a pesar de la ordinariez del asunto, en ningún laboratorio del planeta han conseguido hacer la luz ni vislumbrarla, ni de lejos. Un páramo desolado invade este inédito e inverosimil campo abonado a supersticiones, creencias estrafalarias, etc.

Pues bien, hoy, en mi septuagésimo noveno cumpleaños, he decidido contar mi vivencia a lo largo de unas decenas de años que se han hecho inusualmente cortas, desesperadamente breves. En realidad han sido dos decisiones y una ha llevado ineludiblemente a la otra. La primera y esencial es la decisión de morir voluntaria y asistidamente al cumplir los 80, es decir, de aquí a un año. El motivo primordial de tal decisión es que considero que no podemos dejar de pensar en nuestros seres queridos y a la vez ser tan egoístas como para tener que dejarles nuestra propia carga de dependencia en esas edades de decadencia física y mental. ¿Para qué alargar el trance de nuestra salida del mundo si, quizá, más tarde, dejará de ser digna y honrosa? Hagámoslo bien y comencemos el viaje placentero de buen talante y cuando aún se pueden dar los últimos pasos elevándose hacia el infinito calzando las botas que siempre nos han acompañado por esas montañas de la vida.

Así es, querido lector. En 365 días debo haber cumplido la compleja misión de comunicarte algo de importancia trascendental, a pesar de que hasta ahora se ha ignorado por completo. La ciencia avanza, pero cuando se trata de mirarse el propio ombligo y describirlo, falla estrepitósamente. Quizá haya que estudiar primero la manera en que debe la ciencia estudiarse a sí misma, cómo debe estudiar la conciencia de su propia conciencia, para después generalizar y a la vez concretar con la conciencia global.

365 días, que no serán todos prolijos ni laborables, ya te aviso. Me tendrás que perdonar por eso, pero considero que no debe suponer esta actividad una carga excesiva para mi sistema vascular. Hay que reposar el tiempo necesario, como podrás convenir conmigo, ¿verdad?. No, amigo. No me mires como si me estuviera excusando o fuera un perezoso. No es eso. Tengo mis años y necesito mi tiempo. Eso es todo. Y no entraré en más valoraciones a no ser que me las requieras de alguna manera convincente y con argumentos que merezcan ser valorados. Y ahora, por favor, déjame entrar en materia, que el tiempo se acaba y no quiero que te sientas responsable en caso de que no haya acabado mi misión dentro de 365 días.

Una clara mañana primaveral de mi adolescencia, contemplo las pocas nubes densas que atraviesan el cielo tumbado sobre el tejado de la casa de mis tíos donde veraneo. Me gusta descansar allí y pensar en el futuro perdiendo el foco de la vista en el abismo celeste insondable del espacio interrumpido por el blanco móvil de las condensaciones etéreas.

Y etéreo me siento cuando en fracciones de segundo, asustado, caigo sobre y dentro de mi cuerpo. ¡Estaba fuera de él! ¿Qué hacía fuera?, ¿qué…, cómo…? No, no consigo respuestas a tantas preguntas, ni salgo de mi asombro hasta el punto de creer que tengo una neurona que cojea, o más. Pero la experiencia se repite con cierta frecuencia, va pasando el tiempo y se me va haciendo familiar, creando hábito, hasta el punto de controlar cada salida, la entrada y la movilidad. Puedo controlar la navegación pero no acabo de entender. Me siento anclado en las dimensiones espaciales y temporales físicas ordinarias. Decido forzar máquina. Si he de superar los limites ordinarios, debo trascender mi estado.

Busco distintos focos de energía electromagnética cuya influencia puedan variar mi comportamiento y caracerísticas; viajo a los polos con intencion de nadar envuelto en las auroras boreales o australes, puros mares de radiación electromagnética solar. Empiezo a distinguir otros entes energéticos que habitan por doquier. Adquiero conocimientos, noto que va funcionando la experiencia y voy reconociendo los diferentes tipos de núcleos energéticos, unos muy apegados a la materia, entes con conciencia propia muy primitiva, egoístas y depredadores en busca simplemente de alimento energético. Hay que tener tablas para evitar que te parasiten. He conseguido, no sin esfuerzo y mucho riesgo, llegar a ese nivel. Otros entes andan perdidos, taciturnos, deambulando sin rumbo fijo. Todo ente energético, toda conciencia autónoma está vinculada con finos filamentos dinámicos energéticos que confluyen en los bosones de Higgs, partículas que conforman la vastedad del Universo. La epigenética conforma y limita nuestros cuerpos energéticos. De alguna manera, pues, su configuración depende en gran medida de su genética física original y de la epigenética que la modela. El resultado es un ente  energético no forzosamente concienciado, aunque tal vez sea lo habitual. Toda forma de vida en el Universo, de esa manera, queda vinculada como una gran red convirtiéndose en un cuerpo energético único con ciertas particularidades y conciencias propias que se intercomunican entre sí. El hombre, a día de hoy, aún no ha llegado a tomar conciencia de su implicación con el entorno que lo rodea, con la lectura energética que tiene directamente con todo ser, con el propio núcleo terrestre, por poner un ejemplo.

Es curioso comprobar los efectos que surte el poder gravitacional terrestre sobre la conciencia autónoma extracorpórea cuando convergen ambos, la Luna y el Sol, en el mismo eje que el de la Tierra. La facilidad intercomunicacional y la transconcienciación global son enormes. Más grande es la transconcienciación cuando en la proximidad relativa a un agujero negro notas el vahído producido en la absorción energética.

Te confieso, lector, que me ha aterrado y me sigue aterrando al pensarlo, la sensación que he tenido al estar cerca de un agujero negro. El silencio atronador que genera y la sensación al notar el cosquilleo de la absorción energética, es apabullante.

Intuyo que caer en las fauces del agujero negro equivale a la muerte física para el cuerpo que te sustenta. La muerte de la conciencia autónoma extracorpórea es, sin duda, lo último que te puede suceder y, sin necesidad de ser doloroso, por fuerza es desagradable debido a las consecuencias nefastas que derivan de la extinción personal.

Te he hablado anteriormente de la transconcienciación y debo suponer que no hayas captado la esencia de este peculiar proceso. Ya veo que voy a tener un problema de índole inefable al intentar su exposición.

Intentaré esbozártelo, de momento, para que la brevedad no sea la causa que te desborde.
La conciencia autónoma extracorpórea es capaz de liberarse del pensamiento direccional convergente habitual para pasar a otro estado que, sin ser activo, genera sensores que barren la red bosónica universal. Se toma plena conciencia de toda la información de la que se es capaz, dependiendo del índice energético que la sustenta. Quiero decir con ello que no sólo eres capaz de generar pensamiento, intuir, deducir, calcular o analizar dentro de la línea del tiempo y el plano espacial, sino que genera la capacidad de comprender la estructura global y comunicarte positiva y enérgicamente con ella. Esa capacidad te permite la ubicuidad constante y absoluta en el Cosmos. La capacidad de compresión puede llegar a ser tan potente que tu ente energético puede equivaler en ese momento a tu pensamiento físico, pasando del estado de estar, al estado de ser.

Sí, lector, dejas de estar para ser, y como eres, lo eres a la vez y en cualquier lado. Has transcendido los límites físicos y, sin dejar de ser materia, formas parte de todo. Vamos, lo que los antiguos humanos se atrevían a llamar Dios.

La brevedad aquí acaba y convendría atar cabos. Pero es algo que, aprovechando que me quedan aún 364 días, haré mañana.
O, quizá, pasado.

sábado, 16 de abril de 2016

Evangèlica

Brisa marina, crits de gavina
lluny de l'humà soroll urbà,
sent la dolça rumor de l'aigua
allà abaix, al codolar.

jueves, 18 de febrero de 2016

Talaiot

Alborea el cielo y corro. Corro desesperadamente escapándoseme el aliento y no lo recupero. Siento como, a pesar del frío y la humedad, el sudor resbala y me empapa la cara inundando y escociéndome los ojos. Corro esquivando las ramas de las encinas y de la vegetación baja que invade el bosque. Sólo corro. Intento mantener la mente clara, mientras corriendo y esquivando me araño con el ramaje. El camino de regreso se me hace interminable. La poca luz celeste que se cuela entre el follaje del oscuro y tupido encinar ilumina precariamente la bruma que flota suave dando la sensación de estar avanzando en el fondo del mar. Mientras, la tranquilidad del bosque sólo es agredida por los pasos del forzado y rápido avance.
Detrás de mi vienen corriendo, agotados igualmente, dos de mis compañeros de correrías de la infancia.
- ¡Joder, esperad! Se me están deshaciendo las sandalias. ¡No puedo correr! – grita desesperado Qun –
- ¡Quédate! Ya nos encontraremos en el poblado. No podemos parar ahora. Hemos de llegar cuanto antes – le respondo –.
- ¡Mierda! He perdido la honda – se queja Ashir sin dejar de correr, siguiéndome –
- Que te la deje Qun. Ya se la devolverás después - le respondo parándome de golpe, tropezándo Ashir conmigo – Vamos, démonos prisa. Sigamos, Ashir. No tenemos tiempo.

Agotados llegamos al borde de un amplio claro en el bosque donde se levanta un poblado, varias casas construidas con paredes de piedra y techumbre vegetal, otras en su totalidad construidas a base de ramas, rodean una construcción más solida, toda de piedra, levantada con grandes bloques i techada igualmente de piedra. Nos detenemos ocultos detrás de unos lentiscos para escudriñar el entorno. Al llanto de un niño lo acompañan los ladridos de unos perros y el balar de unas cabras encerradas en los corrales junto a las casas. No se nota más actividad. Algunas casas desprenden un fino hilo de humo por su techumbre. La hoguera de la plaza está aún prendida.
Nos acercamos con precaución, agachados, lanza en mano, arco y carcaj a la espalda, honda en la cintura. Pasamos junto a las primeras casas y llegamos al centro del poblado. Junto a la hoguera el cuerpo inmóvil de un anciano yace desnudo e inerte boca abajo sobre un charco oscuro de sangre. Algo más apartado, otro anciano con una espada en la mano y un gran tajo en el cuello también yace en el suelo boca arriba y me doy cuenta de que es Herum Ha, el abuelo de Ashir, con su apreciada Gladius, espada que compró a los romanos en la Medina hace mucho tiempo. Ha muerto luchando, pienso, defendiendo el poblado.

- ¡Maldita sea! Hemos llegado tarde –digo, perdiendo toda precaución y yendo rápido hacia donde llora el niño. Entro en la casa de Tvarha, la mujer panadera, y entre unos cestos, oculto, se esconde el niño de unos 6 años de edad. Al verme, viene corriendo y se me abraza fuerte sin dejar de llorar.
- ¿Qué ha pasado, Wonn? ¿Dónde está tu madre?

Hace dos días salí de caza acompañado por mis dos compañeros. Salimos del poblado y, después de una larga caminata, dejamos el bosque y nos internamos por los profundos barrancos hacia las elevadas cumbres. Allí es fácil cazar los ciervos, cabras y conejos que nos sirven de alimento y cuya piel usamos de vestimenta los días fríos de invierno. Tenemos la costumbre de no regresar al poblado hasta que la caza ha sido satisfactoria. Llevábamos una buena racha de caza hasta anoche, cuando estando alrededor de la hoguera del campamento que montamos en un altiplano a resguardo del viento del norte, dos hombres de la tribu de Mires Al-Halaam, uno de ellos un viejo conocido, Duzah, también cazando por la montaña, nos dieron el aviso de la incursión que estaba llevando a cabo un grupo numeroso de piratas bereberes por la zona de nuestro poblado.
- Nos consta que Hamid Al-Uhar se ha puesto al frente del grupo de la Confederación que ha conseguido reunir para ir a ofrecerles resistencia. Nuestro pueblo ha subido a la montaña. No es cobardía –dice Duzah mirándome a los ojos– ya sabes que tenemos pocos hombres y no podemos arriesgarnos a perderlos en la lucha contra el pirata.
- Lo sé, Duzah. Tenéis que protegeros. Habéis hecho lo correcto al huir a las montañas. Si lo que dices es cierto, nosotros debemos irnos cuanto antes. En nuestro poblado sólo están las mujeres, niños y ancianos. La mayoría de hombres se fueron a luchar con el romano hace varios meses contra el griego. Nos pagan bien y somos bien recibidos en la Medina cuando vamos a intercambiar productos.
Qun, Ashir, debemos partir inmediatamente. Si los piratas llegan al poblado, no habrá nadie para impedir el saqueo.

Así que después de haber pasado toda la noche corriendo de regreso al poblado, hemos encontrado las huellas del saqueo. Nuestras familias secuestradas, nuestras mujeres seguramente serán vendidas como esclavas en el gran zoco de Argel, igual que nuestros hijos.
La desesperación se apodera de nosotros. ¿Qué podemos hacer?

Wonn está abrazado a mi, y se tranquiliza. Oigo como llega Qun preguntando qué ha pasado. Me siento incapaz de articular cualquier palabra. Entre la rabia y la desesperación, lucho por mantenerme sereno. Es necesario trazar un plan y hacerlo cuanto antes.

miércoles, 20 de enero de 2016

Despierto

Noto una insistente y molesta vibración que no sé de dónde procede. Unos segundos necesito para reaccionar. Estoy acostado, despertándome perezosamente y puedo intuir el frío en el exterior.
Ahora reacciono: no es sólo la vibración, sino que está sonando suavemente la alarma que tengo configurada en el móvil: el sonido de un arpa melodiosa que, a duras penas, consigue sacarme de los sueños. Son las 6:35 horas, hora habitual para acometer otra jornada laboral. Una más.
Completamente a oscuras, me cuesta abrir los ojos, sacar de debajo del edredón el brazo y estirarlo para palpar a ciegas el móvil sobre la mesilla e intentar apagarlo. Con esfuerzo lo consigo y, en unos pocos segundos más, también consigo incorporar lentamente el entumecido cuerpo y salir del cálido lecho, nido de sueños.
Invariablemente, activo el listado mental de acciones que debo ir poniendo en marcha: primero pasaré por el aseo, el templo donde o bien continuo dormitando unos minutos largos o bien empiezo a desperezarme de verdad. Después de la ducha, ¿qué me pongo? No tardo mucho tiempo en pensar sobre ello: ¿Ayer me puse vaqueros? Pues hoy de negro. O viceversa. Y si no, alguna alternativa. Desayuno breve cuya composición varía por temporadas y ya estoy listo para salir de casa. Chaqueta, llaves y móvil. ¡Pum!, el obtuso sonido de la puerta que cierro invade el pasillo de la escalera oscura y silenciosa. Frío. Acciono la luz y bajo hasta el garaje, donde descansa a resguardo de la intemperie mi vehículo.
Seguramente, curioso lector, no hayas notado como he entonado en voz figurada lo de “mi vehículo”. Éste representa mucho para mi: además de ser un elemento de transporte, es un objeto de placer. Sí, de placer. Fue una adquisición caprichosa en un momento emocional muy duro, hace ya once años. Once, uno más que diez. Once años en los que me ha proporcionado, y sigue haciéndolo, momentos de placer al conducirlo. Me gusta la conducción, sí, aunque quizá no disfrutaría como lo hago si lo hiciera montado en cualquier destartalado utilitario descoyuntado por el paso del tiempo y la escasa calidad de sus materiales. Compañero insensible y desafectado, ha sido testigo de mis alegrías, de las muchas penas; ha escuchado amargos lloros de decepción y desesperación; siempre ha estado ahí, a pie de cañón dispuesto a dar todo lo que tiene con solo pedírselo. Con sólo apretarle el pedal. Esa disposición lo hace amigo, mi amigo. Debería cuidarlo más.
Son tantas y tan diferentes las actitudes y las propiedades de las personas que, a estas horas tempranas, se incorporan al flujo del tránsito de las carreteras que, como sangre bombeada, siguen el canal que le marcan las paredes de las venas hacia el corazón. Hacia allá dirijo mi vehículo, con calma, viendo como se despereza también el sol, cuya calidez lucha, como cada día, por vencer la noche. Eterna batalla de la luz contra la oscuridad, o a la inversa. Pura dualidad esencial desde el inicio de los tiempos, la que marca el resto de dualidades. Me pregunto si en un planeta donde sólo haya luz o sólo reine la oscuridad, existirán el bien y el mal.
La ciudad despierta. Puedo apreciar como van encendiéndose cálidas luces o luces frías de tubo fluorescente tras las pupilas que son las ventanas de los altos edificios del extrarradio. Siempre se me ha antojado más frío el despertar en el extrarradio que en el centro de la ciudad, más residencial, más cálido, más recogido él. Extrarradio es lucha, es supervivencia; me habla de estar siempre colgado de un hilo y, muchas veces, compañeros de la miseria y hambre. Auténticos vertederos humanos. Humanidad. ¿Por qué la Humanidad va indisolublemente asociada a las guerras? El hombre es un lobo para otro hombre, ya decía Plauto antes de que naciera Cristo, si es que éste lo hiciera alguna vez. Sin embargo la paz está asociada a las personas. ¿Qué varía de las personas a la Humanidad? La educación, la cultura. Los valores humanos, como la tolerancia y el respeto nos hacen sentir y vivir con los mismos derechos que el resto de mortales. Estoy reflexionando y decido que no debe ser cosa de la educación ni de la cultura. Hay otros valores, negativos ellos, como la codicia o la avaricia, la envidia..., que son los verdaderos autores de la cara negra de la Humanidad. El lobo para otro hombre es eso, la suma de valores egoístas, egolatras, egotistas, egocentristas... El Ego, negativo y descontrolado, es el virus de la Humanidad. ¿Cómo sustraerse a esa lacra? Sonrío sarcástica e interiormente. Miles de años llevamos sobreviviendo sobre la Tierra y el panorama humano no es tranquilizador. En los genes llevamos inscrito el irrevocable instinto inexorable de supervivencia, el que nos coloca subconscientemente por encima de todo y de todos con tal de sobrevivir. Es la Marca, la que compartimos todos los seres vivos desde que se inició la aventura sobre la faz terrestre en aquel caldo de bacterias... Esa Marca es la clave para que perdure la vida, conditio sine qua non. Y ahí voy, poco a poco se hace la luz: el tiempo y la evolución nos ha aportado autoconocimiento, cultura, perspectiva, inteligencia. Gracias a ellos tenemos opciones, podemos escoger, tenemos la opción de convivir apaciblemente, dentro de lo que cabe, con un conjunto de valores. Ética, la gran injerencia intelectual humana para la convivencia.
Y, ¿por qué? ¿Reporta alguna ventaja estar adscritos a sus valores frente a los que aporta nuestra inteligente animalidad egocentrista?
En el plano social, no cabe discusión. A la vista están las ventajas que aportan los valores éticos humanos al hombre civilizado y su entorno. Una sociedad equilibrada y con progresión en comunidad, frente a una jauría de lobos inquisitivos, sagaces y esquivos que se mueven a golpe de necesidad, deseo y sus más bajos instintos y sentimientos. Dr. Jekill y Mr. Hide. Vuelve a golpear la dualidad: razón y pasión. Cálculo y emoción.
Progreso, pues, en este recorrido urbano, donde las luces nocturnas que pintan óvalos de ciudad sobre el lienzo negro van dando paso a la claridad pálida matutina y legañosa.
Algún lobo recorre a su ritmo vertiginoso, saltándose reglas y toda prudencia, este flujo circulatorio y me hace pensar en la necesidad de la convención para la convivencia.
Errar es de naturaleza humana. ¿No yerran los animales? Quizá, al ser éstos de conciencia primaria y carecer de reflexión, no disponen de capacidad para escoger. Su respuesta es inmediata y va ligada al instinto. No hay opciones intelectuales, no hay respuesta analítica y deductiva. ¿Seguro? Los primates quizá...
Errar es el resultado incorrecto ligado a un acto previo a la decisión: reflexión, análisis, deducción, imaginación, pensamiento, memoria, intuición... Entre todos estos despachos, algo se quedó en el pasillo. O sencillamente faltaban datos. Tanto da. Error.
Hubo un tiempo en que me culpabilizaba tras incurrir en error. Hubo otro momento en que aprendí a perdonar mis errores, porque a la vez aprendí a reconocerme como humano. Acaso, ¿alguien dijo que el humano debía ser perfecto? Si yerras, no te culpes por ello. Está en tu naturaleza. Pero ojo, no hay que ser muy sagaz para evitar caer en la trampa aneja construida a base de negligencia o debilidad y pereza. Reconocerse humano no da pie a ser negligente y perezoso. Sino perdonarse el error. Y seguir intentándolo.
Ser consciente de ello abre el campo de visión y es un excelente ejercicio que amplia la mente. Un ejercicio de tantos.
Banlieu. Así es como un galicismo ha entrado a formar parte de la denominación del extrarradio. Barrio popular cargado de instinto básico. Pero internándome en la via rápida con mi vehiculo, abandono el extrarradio para entrar en el espacio yermo y desprotegido que asemeja el más allá urbano, la metaurbe. Cruza la autopista este espacio desolado donde uno se imagina el desarrollo de las más sangrientas batallas entre ejercitos que, como tablero de ajedrez, alguien desde lo más alto manipula a capricho. Oigo sin esfuerzo los relinchos airados de caballos de guerra, el golpear de metales, el chapoteo entre fango y sangre, el grito sordo de la marabunta..., y el olor de la muerte. Muerte es descanso. Muerte es olvido. Muerte es el cese del dolor. Pesadilla es vivir tras la muerte en una incansable rueda que, tras dolor y dolor, revives la muerte y mueres la vida. Y así en una rueda incansable e insaciable, alfa y omega, donde Kundalini se muerde la cola para renacerse y remorirse eternamente. Tanta suerte que nuestro cerebro, el humano, es incapaz de comprenderse en lo eterno, en lo infinito. De otra manera sería pura locura abismal.
Avanzo pues, entre campos de batalla. Molinos, casas aisladas, huertos, lineas de alta tensión, caminos que se pierden en la oscuridad. Huellas de Humanidad.
Siempre estamos a tiempo para hacerlo mejor. Para mejorar nuestra actitud o nuestra reacción frente al exterior, al Mundo. Si hay voluntad, hay motor.
Es una espina recurrente en mi mente pensar que podría haber hecho las cosas mejor. Y me refiero en concreto a todo lo relacionado a mis hijos. Uno va tomando decisiones, porque eso es lo que se espera de cada uno de los que manejamos nuestra vida y la de los que dependen de nosotros. Se escoge, decide, realiza y, tras la acción, en un tiempo indefinido, se piensa que hubiera sido mejor de otra manera, quizá. La reacción muchas veces es inesperada. La cuestión que me planteo es... ¿estoy haciendo lo adecuado en este momento con referencia a ellos? Siento que he cedido las riendas del control muy pronto, propiciado por su cada vez mayor independencia. Siento que no estoy ahí cada día para ofrecerles mi fuerza y eso, de alguna manera, me duele. Pero no es elección ni decisión mía. Quisiera estar ahí, a su lado, apoyándolos en el día a día. Los dioses, si existen, lo saben, aunque eso no me reconforta. Quisiera estar ahí... y a veces me desola que no sea así.
Pasan metros de asfalto bajo mi vehículo, así como pasa la vida: Veloz.