EEE o CAE, como prefieras llamarlo.
Uno, (Encapsulated Energetic Ent) se define como ente energético; el otro, conciencia autónoma extracorpórea. Dos denominaciones científicas para un sólo fenómeno ordinario.
Al respecto y hasta la fecha, a pesar de la ordinariez del asunto, en ningún laboratorio del planeta han conseguido hacer la luz ni vislumbrarla, ni de lejos. Un páramo desolado invade este inédito e inverosimil campo abonado a supersticiones, creencias estrafalarias, etc.
Pues bien, hoy, en mi septuagésimo noveno cumpleaños, he decidido contar mi vivencia a lo largo de unas decenas de años que se han hecho inusualmente cortas, desesperadamente breves. En realidad han sido dos decisiones y una ha llevado ineludiblemente a la otra. La primera y esencial es la decisión de morir voluntaria y asistidamente al cumplir los 80, es decir, de aquí a un año. El motivo primordial de tal decisión es que considero que no podemos dejar de pensar en nuestros seres queridos y a la vez ser tan egoístas como para tener que dejarles nuestra propia carga de dependencia en esas edades de decadencia física y mental. ¿Para qué alargar el trance de nuestra salida del mundo si, quizá, más tarde, dejará de ser digna y honrosa? Hagámoslo bien y comencemos el viaje placentero de buen talante y cuando aún se pueden dar los últimos pasos elevándose hacia el infinito calzando las botas que siempre nos han acompañado por esas montañas de la vida.
Así es, querido lector. En 365 días debo haber cumplido la compleja misión de comunicarte algo de importancia trascendental, a pesar de que hasta ahora se ha ignorado por completo. La ciencia avanza, pero cuando se trata de mirarse el propio ombligo y describirlo, falla estrepitósamente. Quizá haya que estudiar primero la manera en que debe la ciencia estudiarse a sí misma, cómo debe estudiar la conciencia de su propia conciencia, para después generalizar y a la vez concretar con la conciencia global.
365 días, que no serán todos prolijos ni laborables, ya te aviso. Me tendrás que perdonar por eso, pero considero que no debe suponer esta actividad una carga excesiva para mi sistema vascular. Hay que reposar el tiempo necesario, como podrás convenir conmigo, ¿verdad?. No, amigo. No me mires como si me estuviera excusando o fuera un perezoso. No es eso. Tengo mis años y necesito mi tiempo. Eso es todo. Y no entraré en más valoraciones a no ser que me las requieras de alguna manera convincente y con argumentos que merezcan ser valorados. Y ahora, por favor, déjame entrar en materia, que el tiempo se acaba y no quiero que te sientas responsable en caso de que no haya acabado mi misión dentro de 365 días.
Una clara mañana primaveral de mi adolescencia, contemplo las pocas nubes densas que atraviesan el cielo tumbado sobre el tejado de la casa de mis tíos donde veraneo. Me gusta descansar allí y pensar en el futuro perdiendo el foco de la vista en el abismo celeste insondable del espacio interrumpido por el blanco móvil de las condensaciones etéreas.
Y etéreo me siento cuando en fracciones de segundo, asustado, caigo sobre y dentro de mi cuerpo. ¡Estaba fuera de él! ¿Qué hacía fuera?, ¿qué…, cómo…? No, no consigo respuestas a tantas preguntas, ni salgo de mi asombro hasta el punto de creer que tengo una neurona que cojea, o más. Pero la experiencia se repite con cierta frecuencia, va pasando el tiempo y se me va haciendo familiar, creando hábito, hasta el punto de controlar cada salida, la entrada y la movilidad. Puedo controlar la navegación pero no acabo de entender. Me siento anclado en las dimensiones espaciales y temporales físicas ordinarias. Decido forzar máquina. Si he de superar los limites ordinarios, debo trascender mi estado.
Busco distintos focos de energía electromagnética cuya influencia puedan variar mi comportamiento y caracerísticas; viajo a los polos con intencion de nadar envuelto en las auroras boreales o australes, puros mares de radiación electromagnética solar. Empiezo a distinguir otros entes energéticos que habitan por doquier. Adquiero conocimientos, noto que va funcionando la experiencia y voy reconociendo los diferentes tipos de núcleos energéticos, unos muy apegados a la materia, entes con conciencia propia muy primitiva, egoístas y depredadores en busca simplemente de alimento energético. Hay que tener tablas para evitar que te parasiten. He conseguido, no sin esfuerzo y mucho riesgo, llegar a ese nivel. Otros entes andan perdidos, taciturnos, deambulando sin rumbo fijo. Todo ente energético, toda conciencia autónoma está vinculada con finos filamentos dinámicos energéticos que confluyen en los bosones de Higgs, partículas que conforman la vastedad del Universo. La epigenética conforma y limita nuestros cuerpos energéticos. De alguna manera, pues, su configuración depende en gran medida de su genética física original y de la epigenética que la modela. El resultado es un ente energético no forzosamente concienciado, aunque tal vez sea lo habitual. Toda forma de vida en el Universo, de esa manera, queda vinculada como una gran red convirtiéndose en un cuerpo energético único con ciertas particularidades y conciencias propias que se intercomunican entre sí. El hombre, a día de hoy, aún no ha llegado a tomar conciencia de su implicación con el entorno que lo rodea, con la lectura energética que tiene directamente con todo ser, con el propio núcleo terrestre, por poner un ejemplo.
Es curioso comprobar los efectos que surte el poder gravitacional terrestre sobre la conciencia autónoma extracorpórea cuando convergen ambos, la Luna y el Sol, en el mismo eje que el de la Tierra. La facilidad intercomunicacional y la transconcienciación global son enormes. Más grande es la transconcienciación cuando en la proximidad relativa a un agujero negro notas el vahído producido en la absorción energética.
Te confieso, lector, que me ha aterrado y me sigue aterrando al pensarlo, la sensación que he tenido al estar cerca de un agujero negro. El silencio atronador que genera y la sensación al notar el cosquilleo de la absorción energética, es apabullante.
Intuyo que caer en las fauces del agujero negro equivale a la muerte física para el cuerpo que te sustenta. La muerte de la conciencia autónoma extracorpórea es, sin duda, lo último que te puede suceder y, sin necesidad de ser doloroso, por fuerza es desagradable debido a las consecuencias nefastas que derivan de la extinción personal.
Te he hablado anteriormente de la transconcienciación y debo suponer que no hayas captado la esencia de este peculiar proceso. Ya veo que voy a tener un problema de índole inefable al intentar su exposición.
Intentaré esbozártelo, de momento, para que la brevedad no sea la causa que te desborde.
La conciencia autónoma extracorpórea es capaz de liberarse del pensamiento direccional convergente habitual para pasar a otro estado que, sin ser activo, genera sensores que barren la red bosónica universal. Se toma plena conciencia de toda la información de la que se es capaz, dependiendo del índice energético que la sustenta. Quiero decir con ello que no sólo eres capaz de generar pensamiento, intuir, deducir, calcular o analizar dentro de la línea del tiempo y el plano espacial, sino que genera la capacidad de comprender la estructura global y comunicarte positiva y enérgicamente con ella. Esa capacidad te permite la ubicuidad constante y absoluta en el Cosmos. La capacidad de compresión puede llegar a ser tan potente que tu ente energético puede equivaler en ese momento a tu pensamiento físico, pasando del estado de estar, al estado de ser.
Sí, lector, dejas de estar para ser, y como eres, lo eres a la vez y en cualquier lado. Has transcendido los límites físicos y, sin dejar de ser materia, formas parte de todo. Vamos, lo que los antiguos humanos se atrevían a llamar Dios.
La brevedad aquí acaba y convendría atar cabos. Pero es algo que, aprovechando que me quedan aún 364 días, haré mañana.
O, quizá, pasado.
lunes, 27 de junio de 2016
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