martes, 20 de junio de 2017

El puente





Hace muchos, pero que muchos años, antes, quizá, de la existencia de los dinosaurios y de su posterior extinción, habitó en nuestro planeta una civilización humana muy particular. No eran entonces los humanos muy diferentes a como somos hoy en día, aunque sí es posible que fueran más imaginativos, que vivieran más próximos a la Naturaleza y, por lo tanto, fueran más felices. Sabían que formaban parte de ella y debían protegerla sobre todas las cosas. Si algo destacaba en ellos era el tamaño de sus pies, más grandes de lo que estamos ahora acostumbrados.

En aquel remoto tiempo había varios grandes países que se repartían el territorio de la Tierra, cada uno de ellos con unas características bien definidas y, sobretodo, vivían en armonía a pesar de sus diferencias. Los Garantes se aseguraban de dirimir y solventar cualquier inconveniente entre ellos.

Lluentor era uno de esos países en el que, desde hacía algunos siglos, los humanos se afanaban en la construcción de un puente que se dirigía hacia la Luna, un largo y esbelto puente de piedra que pretendía facilitar el tránsito y el comercio con los selenitas. La ingente obra ocupaba a muchos de los habitantes de todo el mundo. Hay que decir que en aquella época tan antigua, la Luna estaba mucho más próxima a la Tierra de lo que está ahora y, además, no giraba en torno a ésta, sino que permanecía siempre en la misma posición. Podían verse claramente desde la Tierra detalles de los cráteres y de los pasillos y caminos por donde discurrían los selenitas, y sus praderas donde jugaban o se reunían para cantar o bailar. Antes de la construcción del puente no había más que una gran cuerda que iba desde la Tierra hasta la Luna, por la que hacían avanzar, como si fuera un teleférico, unas grandes cajas colgadas en las que se cargaba tanto a las personas como a sus equipajes. Unos enormes engranajes en cada lado, impulsados por empleados que pedaleaban con sus grandes pies por un lado, y una gran cantidad de selenitas usando unas poleas especialmente curiosas, por el otro, ayudaban a que las cajas volantes se movieran con cierta soltura de un lado a otro.

Los selenitas, o Virutos, como se los llamaba aquí, eran pequeños seres vivos de no más de dos palmos de altura, benévolos y amables, de un color violáceo, con grandes ojos, boca, pies y manos respecto al resto del cuerpo. Vivían en cavernas y grutas que habían excavado en la superficie de la Luna, junto a los cráteres que aprovechaban para cultivar sobretodo su alimento preferido, la remolacha. De la harina de remolacha hacían un rico jarabe mezclándola con agua de estrellas, la que caía algunas noches desde el espacio, rica en nutrientes, y bebían compartiéndola en sus frecuentes fiestas casi cada noche a la caída del sol.

En la zona costera de Lluentor había una gran ciudad esplendorosa donde vivían la mayoría de ciudadanos del país. Bimbollia la llamaban, y su centro estaba ocupado por un enorme y ombrívolo parque lleno de todo tipo de árboles y plantas floridas o no, al que llamaban el Parquequé. Era ése el lugar escogido por los antiguos habitantes para iniciar la construcción del puente. Allí, en el parque, se extendía un enorme y ajetreado campamento donde estaban instaladas las tiendas de campaña que usaban los trabajadores constructores del puente que venían de todos lados del planeta.

Frente al campamento, en el borde del parque, se alzaba un pequeño edificio donde vivía Capbuit, un jovencito que pasaba las horas asomado en la ventana de su habitación mirando hacia el puente en construcción y soñando con atravesarlo algún día. Se imaginaba llegar a la Luna en bicicleta y construir su casa en uno de los cráteres con vistas a la Tierra para así contemplar los paisajes que iba conociendo a lo largo de sus viajes. Pero para hacer eso tendría que hacerse imprescindible para los selenitas, pues ellos no permitían que los extranjeros vivieran en sus tierras, salvo contadísimas excepciones.

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