martes, 1 de octubre de 2013

Microrrelato de un martes corriente, y dos.

Mi vista se pierde en el añil cósmico. Puntos de luz, cada uno de ellos una esperanza, titilan y dan forma al vacío que, como un pozo insondable, amenaza nuestra conciencia. Cosmonauta de viaje rápido y sin equipaje soy, que con zoom mental me coloco entre nubes gaseosas y una galaxia que sigue su derrota a la deriva en los campos de Higgs, girando ella, impertérrita en su danza, desdeñando soberbia y altiva llamaradas nucleares y estocadas meteoras. Tormenta magnética, impulsora y, a la vez, freno de vida, elementos del puzzle único de mil configuraciones posibles y donde la urgencia obedece a su afán de supervivencia. Más allá ampliará su horizonte y se desparramará lánguida para alimentar nuevas estrellas que, con fulgor inusitado, iluminarán la marea negra, vacía y tenebrosa donde el misterio cobra vida propia y mi viaje no puede continuar. 
Desciendo de esa marea densa y oscura para fundirme a la marea verde, clara y diáfana portadora de ilusiones y alimentar ligera esperanza con mi lacónica contribución.