sábado, 18 de junio de 2011

Mefisto

Me levanto de la cama, de madrugada, tras despertarme súbitamente y salgo de la habitación atraido por un extraño resplandor. Reinan un gran silencio y una luminosa oscuridad. No obstante, me siento tranquilo. Al salir de la habitación me encuentro en un gran espacio oscuro, brumoso, con un punto levemente iluminado alrededor de una imagen humana extraña, sentada en una silla y mirando hacia mi posición. Me giro pero no hallo la puerta de mi habitación. Estoy en ese espacio brumoso sin más límites que la oscuridad. Noto su mirada, me giro y me hace un leve movimiento con la mano para que me acerque. A medida que me acerco me voy dando cuenta de que no es del todo humano. Tiene rasgos humanos, pero también animales. No me asusta a pesar de su aspecto. Su mirada, que la capto de lejos, no refleja malícia. Está desnudo, recubierto de un grueso vello abundante y en los sitios despoblados, su piel aparenta ser rígida, gruesa, ruda, oscura. Sus manos, con dedos extremadamente largos, son fuertes y elegantes, aunque podrían ser armas letales con esas largas uñas. Las piernas parecen contrahechas, la rodilla se le dobla hacia atrás y le obliga a adoptar una postura extraña sentado en la silla.
Sigo acercándome y me indica una silla situada frente a él. Me fijo en dos protuberancias que le sobresalen ligeramente del vello a cada lado de la parte superior de la frente. Tomo asiento frente a él y mi vista le recorre curiosa e incrédula de abajo a arriba, hasta llegar a sus ojos que me atrapan. Debo estar a unos tres metros de él, pero me da la sensación de que sus ojos están a menos de un palmo de los mios. Veo como varía el tamaño de su iris, como cambia de color, como la profundidad de su mirada me traspasa y soy incapaz de ocultarle mis pensamientos. No me habla pero está comunicándome con una nitidez extraordinaria lo que sucede en el mundo, lo que me sucede a mi, mis errores y virtudes, mi pasado, presente y futuro, cuando por el alcance de la información, salto como un resorte de la silla asustado. Sus únicos movimientos son ligeros ladeos y balanceos de la cabeza, pero sus ojos gozan de una actividad frenética. De alguna manera me tranquiliza y me obliga a seguir sentado. Me hace comprender lo que me comunica, lo entiendo todo, no hay vuelta de hoja. Me hace partícipe de la sabiduría, me habla de antes de que el mundo fuera mundo y el hombre fuese hombre. Veo como el hombre evoluciona y su devenir como especie. Veo como el hombre se pervierte, miente, crea sus ídolos y dioses para su propio interés y beneficio en contra de muchos otros, cómo toman posesión de lo que ellos llaman el bien y prohiben lo que les interesa, ponen reglas y matan en nombre esos supuestos dioses, y reina la perversión y crecen las generaciones bajo esa bandera.
Necesito tu ayuda, -me dice-, Pon luz donde no la hay, y destierra la oscuridad disfrazada de falsa luz crepuscular. Necesitaré una fuerza que no tengo -le solicito-, y tras su respuesta atronadora, he vuelto a despertar en mi cama, esta vez envuelto en sudor y cerca de la hora matutina, recordando sus últimas palabras: "invoca mi nombre: Mefistófeles".