martes, 14 de septiembre de 2010

Sobre la ascensión divina y su desmoronamiento

Después de trepar incansablemente por una escuálida y frágil escalera, he conseguido llegar a tocar el cielo, he estado en la cima emocional del mundo, allá donde el aire es amor y con cada movimiento de inspiración que suave y sutilmente realiza nuestro cuerpo, se llena de alegría y sentido nuestra vida.

Caminamos juntos, nuestras manos unidas, un solo corazón.

Ha durado poco mi estancia en lo alto, acomodado felizmente en el último peldaño, ajeno al peligro que también se aferraba con fuerza a la delicada estructura del artilugio de cada vez más balanceante. Como felino agazapado tras unos matorrales en la sabana, ha saltado inesperado el peligro con rabia desde abajo y sobre mi, provocando la descomposición y la caida, pieza a pieza, de la débil y pendulante escalera. De tocar el cielo y respirar felicidad, me he encontrado súbitamente cayendo al abismo hondo, oscuro y frio. El aire húmedo y denso me provoca angustia, la insondable oscuridad desesperación, el cambio inesperado e incomprensivo me causa profundo dolor que atenaza mis sentidos, encoge mi ser.

Solo a través de un yermo páramo, corazón roto.

Amanece, sale el sol, como cada día.
Levanto cada piedra con la que tropiezo, buscando esperanza que me reconforte. No hay rastro de ella, ha abandonado mi polvoroso camino.
Busco semillas que mimando, en un futuro próximo, puedan alimentar mi alma.
Me duele pensar en alimento cuando, hace poco, todo él era ella.

Escapan lágrimas de mis ojos, caen también ellas al vacío, y a cada paso que doy dejo en las huellas parte de ti y de mi, y camino rápido para pronto desaparecer, porque el solo recuerdo tuyo me profiere desgarradas heridas en la carne que sangra sin consuelo.

Cómo decirte que por ti no vivo, que sin ti muero encerrado entre paredes inexistentes que me aprisionan al punto de reventar.

Huyo, y ese es el sendero a seguir. Alejarme de ti muriendo de amor.

No hay comentarios: