Junto al portal del edificio donde vivimos, en la estrecha calle Valseca, frente a la iglesia de san Joan de Malta, protesto e intento subirme al carrito infantil donde va mi hermana. No quiero caminar. Elevo los brazos intentando alcanzar la cuna del carro pero está muy alto y no lo consigo por mis propios medios. Este es, probablemente, el primer recuerdo que tengo de mi infancia. No sé si acabé en el carrito con mi hermana Bara Cati o andando. Seguro que acabé de morros y brazos cruzados con la segunda opción.
Un día en sa Faxina, el parque cercano al que solíamos acudir, aparte del Jardín del Rey, bajo la Almudaina. Saliendo de casa, caminando por debajo de la muralla de sant Pere y es Baluard, por el paseo Sagrera. Sentados en un banco, recuerdo el termo decorado con líneas de diferente grosor, horizontales y verticales estilo falda escocesa de tonos pardos con tapa beig que, a la vez, cumplía la función de taza, donde mi madre llevaba la leche azucarada. La leche y unas galletas maría eran la merienda ideal. Ese termo era la pareja ideal de una fiambrera de aluminio coloreada de rojo y azúl oscuro por el exterior y que contenía, al abrirla, varios platos colocados como una Matriuska, se acoplaban y cabían perfectamente, dejando espacio para situar la tortilla de patatas, generalmente, en su interior. Durante muchos años disfrutamos de esas dos piezas de camping en familia, lo que me lleva a recordar un juego de sillas y mesa, y una nevera, y los espacios en los pinares que ocupábamos cuando íbamos de excursión a la playa, en santa Ponça, generalmente.
Merienda ideal era comer los panecillos tipo "viena", mis preferidos junto a las magranetas, que comprábamos en el horno de la calle general Barceló al contrario que mis hermanas, que preferían el panecillo más duro, barreta se le llamaba, del horno de san Joan. Un panecillo viena con aceite y mortadela era y sigue siendo, un bocata que me llena de satisfacción al comerlo. Los panecillos que me llevaba al colegio preparados por mi madre, donde ponía si no mortadela, foiegras o un botifarrón, más tarde, en la adolescencia se le añadió el ketchup. Una delicatessen inusual en aquellos días.
Sentado a horcajadas sobre el depósito rojo de la moto, una Montesa, de mi padre aparcada debajo de casa, entre el espacio del bar Cannes y la entrada al edificio. Me apoyo con las dos manos sobre el depósito. No soy capaz de saber si salí con él sobre la moto de paseo o solo me colocó encima para mostrármela. Quizá me acordaría de la sensación al marchar sobre ella. O no.
Recuerdo cuando íbamos de paseo hasta el garaje Español donde trabajó mi padre, olores plenos de grasa y combustible, local no muy bien iluminado, con su pequeña oficina acristalada, en la calle Aragón. El volkswagen escarabajo azul claro del jefe aparcado en su interior. En esa época cambió mi padre la moto por un Citroën Traction Avant negro, del que nos montábamos sobre los pasarruedas delanteros como si fueran toboganes. Años más tarde cambió de trabajo y acabó cerca de casa, en el cine Sala Born, donde a veces me subía mi padre a la sala de máquinas de proyección y veía las películas a través de un ventanuco.