lunes, 4 de marzo de 2024

Viejo



Grises nubes lenticulares dibujadas sobre un pesado cielo plomizo acompañan el escaso equilibrio emocional que le mantiene consciente. Sus pies avanzan lentos y pesados, arrastrándose casi, bordeando el límite de su abismo mental.

La mano vieja y pellejuda, de piel ajada y con dedos torturados por la artrosis, sostienen su rostro castigado por la edad, triste, melancólico, de ojos vidriosos y casi opacos. Sentado en una anciana butaca de tela marchita, con una manta apolillada sobre sus piernas, mira con mente fugitiva y sin ver demasiado el exterior por la ventana del salón en el silencioso segundo piso. El frío y la soledad cohabitan en la estancia con muebles y fantasmas de otros tiempos.

"Para qué vivir" debe ser la pregunta que pasa cíclicamente por su cabeza con mayor frecuencia. En estas circunstancias, la vida es un castigo. En estas circunstancias, el cuerpo es la prisión que le encierra y le tortura con sus molestias, dolores e indisposiciones. La lucidez, temerosa, va abreviando sus visitas.

Pasan las horas, los días... pero como el que espera llegar a la meta, el tiempo se vuelve infinito, un elástico que se estira hacia el infinito, ese tiempo que duele y castiga, que aprisiona y asfixia. Y no te mata.