No lo quiero. No quiero experimentar la vejez, esa etapa donde la memoria se va cuando la solicitas y aparece cuando menos la esperas; ese tiempo de cansancio físico, de molestias, de falta de aire al esforzarte, de no entender y estar distante de las nuevas generaciones. Tiempo de recuerdos más que de proyectos, de visita de fantasmas que dejaste atrás y ahora vuelven a pasarte cuentas. De verte al espejo y entrever quién eras, de querer descansar, de querer vivir sin olvidar, de no ser nube que ya se disipa, de aferrarte a los últimos afectos, a los últimos agarres en la escalada antes de caer y sucumbir y desaparecer en el laberinto del olvido estando vivo. Acabo de redactar, ante notario, mi testamento. ¿Premonición?. He de vivir todas y cada una de las sensaciones que provoca mirar a los ojos a mi madre, antes joviales y atentos, siempre cariñosos, ahora apagados y agónicos, como su gesto, que me contagia el vacío al que se asoma, la angustia del niño que se ha soltado de la mano de su madre entre la multitud y ella desaparece y él grita, ella grita… el mundo es un grito agónico y desesperado cuando ves esos ojos. Y me ensordece. Me hunde.
Ha sido cumplir los 60 años hace unos meses y comenzar a bajar por una pendiente donde la bicicleta coje velocidad sin necesidad de pedalear. Y vamos sin frenos. En pocos meses he cambiado mi paleta de colores: Ahora son grises en todo el arco periférico degradando a negro en el centro. Muy negro. Tensión emocional que se traduce en tensión de los trapecios, que provoca dolor de cabeza por irradiación. La rodilla izquierda, que hasta hace poco me ha permitido hacer largas caminatas acompañando a las perras, últimamente no me permite siquiera caminar sin quejarme por el dolor, o los pulmones siempre algo delicados, parecen ahora agotados y luchan por la entrada de un suspiro de aire, debido a ese asma que ha aparecido, parece, para acompañarme en esta nueva etapa de achaques, molestias y dolores. Puedo o podría hacerlo, darme por satisfecho al haber puesto cortafuegos, gracias a Missy y sus consejos, a los posibles infartos cerebrales o cardíacos, producto de las apneas que padezco desde casi siempre. Eso no quita el efecto devastador para mi ego juvenil, al verme obligado a dormir aferrado a una máquina asistente a la respiración, que me salva la vida, sí, a cambio de hundir mi autoestima, de contemplarme más viejo, si cabe, y dependiente. Siempre he pensado que era mejor vivir un bello día como una mariposa que cien como oruga. Siento que estoy en esa metamorfosis inversa de mariposa a oruga, para empezar a vivir el resto de mis días arrastrándome lentamente con achaques y dolores a la velocidad de los vegetales.
Vivir en una semisoledad buscada. Se echa de menos, a veces, esas reuniones cargadas de conversaciones, alcohol y carcajadas, hasta que recuerdas que no existía la incondicionalidad, aunque lo pareciera. Todo tiene un precio. Al otro lado de la balanza está la incondicionalidad de mis perras, India y Gwendal que, cada una a su estilo, con su personalidad, me provocan afecto y cariño plenos. La familia, me pregunto frecuentemente si soy yo o son ellos quienes se alejan, paso a paso. De ser el barco que les llevaba o intentaba llevar a buen puerto, a ser el casco de un navío tras una tormenta haciendo aguas enmedio del océano y sin salvavidas. Las rutinas y los pequeños placeres mundanos me salvan de caer en las turbias aguas de la locura.
