He acabado de preparar la mesa para cenar. Paso la mano derecha por las esquinas, barriendo las pequeñas ondulaciones del mantel dejando la superficie lisa. Siento el suave tacto del hilo de algodón con el que está manufacturado el mantel, elegante pero sobrio y austero, con un delicado ribete bordado con el mismo hilo, de un fino estilo mudéjar.
Una pequeña vela encendida y con un sutil aroma a vainilla, situada en el centro de la mesa, ilumina y configura tenues sombras danzantes sobre el mantel. Unos platos blancos de fina cerámica, unos estilizados cubiertos de plata española y unas copas de cristal de Bohemia aguardan su cometido como los actores en el escenario esperando a que se levante el telón. Una botella de vino tinto recién descorchada permanece, esparciendo los efluvios taninos delicadamente junto a la vainilla de la vela, junto a las copas vacantes.
Todo está dispuesto.
La sensible iluminación de la vela sobre la mesa apenas deja entrever el entorno. Realmente el entorno no tiene importancia. Un día como el de hoy requiere centrarse en la esencia y no aceptar distracciones ajenas.
Una oscuridad cerrada rodea el área de terreno iluminada por la vela, alrededor de la mesa. Mis ojos no son capaces de ver más allá de la zona de penumbra a escasos 6 metros de distancia. Junto al área de penumbra, el límite visual, se funde con la inmensidad espacial y abismal. Este nuestro espacio está cubierto por una increíble cúpula, una bóveda impresionantemente negra salpicada de pequeños puntos brillantes que conforman las constelaciones que, a medida que observo, voy reconociendo. Ahí está la Osa mayor, inconfundible, y ella me lleva hasta la menor donde localizo la estrella Polar, la quasi-eterna guía del norte. Recorro las otras costelaciones, Cassiopea, Perseo... Creo distinguir los brazos de Andrómeda, rotando en su eterno viaje, poco más allá Capella y llego hasta Betelgeuse, la bella de Orion, donde aprecio la nebulosa en contínua transformación bajo su cinturón.
El estallido cercano y repentino de un meteorito me devuelve de mi paseo estelar. Estoy en el centro del cráter, uno de tantos como hay en el lado oscuro de la Luna, donde he montado la mesa para cenar. Es frecuente y habitual, en este lado de la Luna, poder contemplar la belleza fugaz y fulgurante de los meteoritos. Algunos caen y golpean la superfície, estrellándose y originando un cráter de tamaño relativo a su masa. Otros pasan rozando la superfície a toda velocidad elevando cortinas de polvo y produciendo un sonido similar al silbido agudo, incluyendo su efecto Doppler. Otros pasan más alejados y dejan ver tras de sí una leve cola de diferentes colores que ornamentan el adusto firmamento. De todas formas, entre todos ellos y el rozamiento de los diferentes campos de Higgs cercanos a la Luna, consiguen producir una melodía cósmica magistral que se eleva por encima del abrumador silencio del vacío estelar.
El sonido ligero y acompasado de unos pasos en la negra grava arenosa que cubre el suelo me obliga a dirigir mi atención en esa dirección. No distingo nada. La oscuridad es ciertamente densa y total desde donde me encuentro, junto a la mesa.
Oigo los pasos acercarse pausadamente y me entrego a una dulce y casi desesperada impaciencia.
Al fin, de la más absoluta oscuridad, veo aparecer en el área de penumbra unos zapatos negros de tacón que cubren unos pies blancos y la parte inferior de unas piernas estilizadas. A medida que se aproxima a la luz, la visualización se amplia y va dejándose ver, como por arte de magia. Al ritmo de sus piernas delgadas cubiertas por el vestido ceñido de color rojo, se acerca a mi posición. El vestido que por sus movimientos y textura parece de seda, va meciéndose al ritmo de sus caderas. Éste dibuja y moldea una cadera delicada y una cintura fina rodeada por un estilizado cinturón de piel negra, y sube por un vientre plano hasta un escote discreto que deja entrever el arranque del fino cuello y la parte superior de sus pechos. De las cortas mangas estilo japonés surgen sus delgados brazos blancos que flanquean un cuerpo delicioso y le dan movimiento pendular al conjunto. El escote sirve de marco para lucir un sencillo collar de perlas alrededor del cuello. Los largos cabellos morenos con algún reflejo caoba limitan su sonriente rostro hermoso. Sus ojos, cuyo color varía en función de la luz recibida, se clavan en los míos y me hablan de confianza. Su nariz esculpida bajo la norma de la escuela de escultura florentina es la más bella que pudiera poseer su cara. Sus labios, ligeramente entreabiertos mostrando sus incisivos blancos, me hablan de confidencias.
Me acerco a ella. Su sonrisa crece y así la mía. No son necesarias las palabras pues nos lo sabemos todo y, a pesar de ese todo, siempre hay cosas nuevas por intuir. Nuestro pensamiento se enlaza y comunica. Nos fundimos en un abrazo entero, sin fisuras, sin dudas. Nos sentimos plenamente. Sólo sentimos, nos sentimos. Al cabo de una eternidad que se nos ha hecho breve, nos separamos para ir a sentarnos y ocupar nuestro sitio en la mesa, frente a frente. Escancio vino en su copa primero, en la mía después. Brindamos por todos nuestros tiempos y bebemos.
¿Por qué aquí?, me pregunta. No importa el lugar -digo yo-, no importan ni el espacio ni el tiempo. Qué más daría en el profundo fondo abismal de un gran océano o en la inclemente superfície ardiente y magmática del Sol? La esencia somos nosotros, tú y yo, nuestras sensaciones, no el lugar en que suceden las cosas. Estamos fuera del orden del espacio y del tiempo.
Nuestras miradas hablan de sensaciones y percepciones, de creencias y opiniones, de pasado que siempre ha sido presente y del presente que está condenado a ser pasado. El futuro nos lo revelará, quizá, alguno de estos meteoritos procedentes de lo más oscuro del espacio.
En los platos, sobre la mesa, van apareciendo deliciosos manjares a medida que vamos dando buena cuenta de ellos y vamos saboreando con placer inusitado. El vino es blanco o tinto dependiendo del plato. Entre copa y bocado, nuestras risas se esparcen ocupando todo el espacio iluminado por la vela de aroma a vainilla. Nuestros ojos se funden en una mirada. Nuestros labios se ansían. Sabemos que pronto seremos uno. A medida que nos deleitamos con la comida, veo como su rostro va cambiando poco a poco, convirtiéndose cada vez en el rostro de una de las mujeres que he amado a lo largo de mi vida. Todas están comprendidas y todas son necesarias. Charlamos y nos reímos de nuestras experiencias.
No sabría decir con cual de los platos he disfrutado más. Cada uno de ellos contenía su propia esencia: su aroma particular, su textura, su sabor... todos diferentes y deliciosos. Ni sobraba ni faltaba nada.
Toda la esencia del Universo está ahí comprendida, en esa cena espectacular en un cráter del lado oscuro de la Luna.
sábado, 19 de diciembre de 2020
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