jueves, 18 de febrero de 2016

Talaiot

Alborea el cielo y corro. Corro desesperadamente escapándoseme el aliento y no lo recupero. Siento como, a pesar del frío y la humedad, el sudor resbala y me empapa la cara inundando y escociéndome los ojos. Corro esquivando las ramas de las encinas y de la vegetación baja que invade el bosque. Sólo corro. Intento mantener la mente clara, mientras corriendo y esquivando me araño con el ramaje. El camino de regreso se me hace interminable. La poca luz celeste que se cuela entre el follaje del oscuro y tupido encinar ilumina precariamente la bruma que flota suave dando la sensación de estar avanzando en el fondo del mar. Mientras, la tranquilidad del bosque sólo es agredida por los pasos del forzado y rápido avance.
Detrás de mi vienen corriendo, agotados igualmente, dos de mis compañeros de correrías de la infancia.
- ¡Joder, esperad! Se me están deshaciendo las sandalias. ¡No puedo correr! – grita desesperado Qun –
- ¡Quédate! Ya nos encontraremos en el poblado. No podemos parar ahora. Hemos de llegar cuanto antes – le respondo –.
- ¡Mierda! He perdido la honda – se queja Ashir sin dejar de correr, siguiéndome –
- Que te la deje Qun. Ya se la devolverás después - le respondo parándome de golpe, tropezándo Ashir conmigo – Vamos, démonos prisa. Sigamos, Ashir. No tenemos tiempo.

Agotados llegamos al borde de un amplio claro en el bosque donde se levanta un poblado, varias casas construidas con paredes de piedra y techumbre vegetal, otras en su totalidad construidas a base de ramas, rodean una construcción más solida, toda de piedra, levantada con grandes bloques i techada igualmente de piedra. Nos detenemos ocultos detrás de unos lentiscos para escudriñar el entorno. Al llanto de un niño lo acompañan los ladridos de unos perros y el balar de unas cabras encerradas en los corrales junto a las casas. No se nota más actividad. Algunas casas desprenden un fino hilo de humo por su techumbre. La hoguera de la plaza está aún prendida.
Nos acercamos con precaución, agachados, lanza en mano, arco y carcaj a la espalda, honda en la cintura. Pasamos junto a las primeras casas y llegamos al centro del poblado. Junto a la hoguera el cuerpo inmóvil de un anciano yace desnudo e inerte boca abajo sobre un charco oscuro de sangre. Algo más apartado, otro anciano con una espada en la mano y un gran tajo en el cuello también yace en el suelo boca arriba y me doy cuenta de que es Herum Ha, el abuelo de Ashir, con su apreciada Gladius, espada que compró a los romanos en la Medina hace mucho tiempo. Ha muerto luchando, pienso, defendiendo el poblado.

- ¡Maldita sea! Hemos llegado tarde –digo, perdiendo toda precaución y yendo rápido hacia donde llora el niño. Entro en la casa de Tvarha, la mujer panadera, y entre unos cestos, oculto, se esconde el niño de unos 6 años de edad. Al verme, viene corriendo y se me abraza fuerte sin dejar de llorar.
- ¿Qué ha pasado, Wonn? ¿Dónde está tu madre?

Hace dos días salí de caza acompañado por mis dos compañeros. Salimos del poblado y, después de una larga caminata, dejamos el bosque y nos internamos por los profundos barrancos hacia las elevadas cumbres. Allí es fácil cazar los ciervos, cabras y conejos que nos sirven de alimento y cuya piel usamos de vestimenta los días fríos de invierno. Tenemos la costumbre de no regresar al poblado hasta que la caza ha sido satisfactoria. Llevábamos una buena racha de caza hasta anoche, cuando estando alrededor de la hoguera del campamento que montamos en un altiplano a resguardo del viento del norte, dos hombres de la tribu de Mires Al-Halaam, uno de ellos un viejo conocido, Duzah, también cazando por la montaña, nos dieron el aviso de la incursión que estaba llevando a cabo un grupo numeroso de piratas bereberes por la zona de nuestro poblado.
- Nos consta que Hamid Al-Uhar se ha puesto al frente del grupo de la Confederación que ha conseguido reunir para ir a ofrecerles resistencia. Nuestro pueblo ha subido a la montaña. No es cobardía –dice Duzah mirándome a los ojos– ya sabes que tenemos pocos hombres y no podemos arriesgarnos a perderlos en la lucha contra el pirata.
- Lo sé, Duzah. Tenéis que protegeros. Habéis hecho lo correcto al huir a las montañas. Si lo que dices es cierto, nosotros debemos irnos cuanto antes. En nuestro poblado sólo están las mujeres, niños y ancianos. La mayoría de hombres se fueron a luchar con el romano hace varios meses contra el griego. Nos pagan bien y somos bien recibidos en la Medina cuando vamos a intercambiar productos.
Qun, Ashir, debemos partir inmediatamente. Si los piratas llegan al poblado, no habrá nadie para impedir el saqueo.

Así que después de haber pasado toda la noche corriendo de regreso al poblado, hemos encontrado las huellas del saqueo. Nuestras familias secuestradas, nuestras mujeres seguramente serán vendidas como esclavas en el gran zoco de Argel, igual que nuestros hijos.
La desesperación se apodera de nosotros. ¿Qué podemos hacer?

Wonn está abrazado a mi, y se tranquiliza. Oigo como llega Qun preguntando qué ha pasado. Me siento incapaz de articular cualquier palabra. Entre la rabia y la desesperación, lucho por mantenerme sereno. Es necesario trazar un plan y hacerlo cuanto antes.