Noto una insistente y molesta vibración que no sé de dónde procede. Unos segundos necesito para reaccionar. Estoy acostado, despertándome perezosamente y puedo intuir el frío en el exterior.
Ahora reacciono: no es sólo la vibración, sino que está sonando suavemente la alarma que tengo configurada en el móvil: el sonido de un arpa melodiosa que, a duras penas, consigue sacarme de los sueños. Son las 6:35 horas, hora habitual para acometer otra jornada laboral. Una más.
Completamente a oscuras, me cuesta abrir los ojos, sacar de debajo del edredón el brazo y estirarlo para palpar a ciegas el móvil sobre la mesilla e intentar apagarlo. Con esfuerzo lo consigo y, en unos pocos segundos más, también consigo incorporar lentamente el entumecido cuerpo y salir del cálido lecho, nido de sueños.
Invariablemente, activo el listado mental de acciones que debo ir poniendo en marcha: primero pasaré por el aseo, el templo donde o bien continuo dormitando unos minutos largos o bien empiezo a desperezarme de verdad. Después de la ducha, ¿qué me pongo? No tardo mucho tiempo en pensar sobre ello: ¿Ayer me puse vaqueros? Pues hoy de negro. O viceversa. Y si no, alguna alternativa. Desayuno breve cuya composición varía por temporadas y ya estoy listo para salir de casa. Chaqueta, llaves y móvil. ¡Pum!, el obtuso sonido de la puerta que cierro invade el pasillo de la escalera oscura y silenciosa. Frío. Acciono la luz y bajo hasta el garaje, donde descansa a resguardo de la intemperie mi vehículo.
Seguramente, curioso lector, no hayas notado como he entonado en voz figurada lo de “mi vehículo”. Éste representa mucho para mi: además de ser un elemento de transporte, es un objeto de placer. Sí, de placer. Fue una adquisición caprichosa en un momento emocional muy duro, hace ya once años. Once, uno más que diez. Once años en los que me ha proporcionado, y sigue haciéndolo, momentos de placer al conducirlo. Me gusta la conducción, sí, aunque quizá no disfrutaría como lo hago si lo hiciera montado en cualquier destartalado utilitario descoyuntado por el paso del tiempo y la escasa calidad de sus materiales. Compañero insensible y desafectado, ha sido testigo de mis alegrías, de las muchas penas; ha escuchado amargos lloros de decepción y desesperación; siempre ha estado ahí, a pie de cañón dispuesto a dar todo lo que tiene con solo pedírselo. Con sólo apretarle el pedal. Esa disposición lo hace amigo, mi amigo. Debería cuidarlo más.
Son tantas y tan diferentes las actitudes y las propiedades de las personas que, a estas horas tempranas, se incorporan al flujo del tránsito de las carreteras que, como sangre bombeada, siguen el canal que le marcan las paredes de las venas hacia el corazón. Hacia allá dirijo mi vehículo, con calma, viendo como se despereza también el sol, cuya calidez lucha, como cada día, por vencer la noche. Eterna batalla de la luz contra la oscuridad, o a la inversa. Pura dualidad esencial desde el inicio de los tiempos, la que marca el resto de dualidades. Me pregunto si en un planeta donde sólo haya luz o sólo reine la oscuridad, existirán el bien y el mal.
La ciudad despierta. Puedo apreciar como van encendiéndose cálidas luces o luces frías de tubo fluorescente tras las pupilas que son las ventanas de los altos edificios del extrarradio. Siempre se me ha antojado más frío el despertar en el extrarradio que en el centro de la ciudad, más residencial, más cálido, más recogido él. Extrarradio es lucha, es supervivencia; me habla de estar siempre colgado de un hilo y, muchas veces, compañeros de la miseria y hambre. Auténticos vertederos humanos. Humanidad. ¿Por qué la Humanidad va indisolublemente asociada a las guerras? El hombre es un lobo para otro hombre, ya decía Plauto antes de que naciera Cristo, si es que éste lo hiciera alguna vez. Sin embargo la paz está asociada a las personas. ¿Qué varía de las personas a la Humanidad? La educación, la cultura. Los valores humanos, como la tolerancia y el respeto nos hacen sentir y vivir con los mismos derechos que el resto de mortales. Estoy reflexionando y decido que no debe ser cosa de la educación ni de la cultura. Hay otros valores, negativos ellos, como la codicia o la avaricia, la envidia..., que son los verdaderos autores de la cara negra de la Humanidad. El lobo para otro hombre es eso, la suma de valores egoístas, egolatras, egotistas, egocentristas... El Ego, negativo y descontrolado, es el virus de la Humanidad. ¿Cómo sustraerse a esa lacra? Sonrío sarcástica e interiormente. Miles de años llevamos sobreviviendo sobre la Tierra y el panorama humano no es tranquilizador. En los genes llevamos inscrito el irrevocable instinto inexorable de supervivencia, el que nos coloca subconscientemente por encima de todo y de todos con tal de sobrevivir. Es la Marca, la que compartimos todos los seres vivos desde que se inició la aventura sobre la faz terrestre en aquel caldo de bacterias... Esa Marca es la clave para que perdure la vida, conditio sine qua non. Y ahí voy, poco a poco se hace la luz: el tiempo y la evolución nos ha aportado autoconocimiento, cultura, perspectiva, inteligencia. Gracias a ellos tenemos opciones, podemos escoger, tenemos la opción de convivir apaciblemente, dentro de lo que cabe, con un conjunto de valores. Ética, la gran injerencia intelectual humana para la convivencia.
Y, ¿por qué? ¿Reporta alguna ventaja estar adscritos a sus valores frente a los que aporta nuestra inteligente animalidad egocentrista?
En el plano social, no cabe discusión. A la vista están las ventajas que aportan los valores éticos humanos al hombre civilizado y su entorno. Una sociedad equilibrada y con progresión en comunidad, frente a una jauría de lobos inquisitivos, sagaces y esquivos que se mueven a golpe de necesidad, deseo y sus más bajos instintos y sentimientos. Dr. Jekill y Mr. Hide. Vuelve a golpear la dualidad: razón y pasión. Cálculo y emoción.
Progreso, pues, en este recorrido urbano, donde las luces nocturnas que pintan óvalos de ciudad sobre el lienzo negro van dando paso a la claridad pálida matutina y legañosa.
Algún lobo recorre a su ritmo vertiginoso, saltándose reglas y toda prudencia, este flujo circulatorio y me hace pensar en la necesidad de la convención para la convivencia.
Errar es de naturaleza humana. ¿No yerran los animales? Quizá, al ser éstos de conciencia primaria y carecer de reflexión, no disponen de capacidad para escoger. Su respuesta es inmediata y va ligada al instinto. No hay opciones intelectuales, no hay respuesta analítica y deductiva. ¿Seguro? Los primates quizá...
Errar es el resultado incorrecto ligado a un acto previo a la decisión: reflexión, análisis, deducción, imaginación, pensamiento, memoria, intuición... Entre todos estos despachos, algo se quedó en el pasillo. O sencillamente faltaban datos. Tanto da. Error.
Hubo un tiempo en que me culpabilizaba tras incurrir en error. Hubo otro momento en que aprendí a perdonar mis errores, porque a la vez aprendí a reconocerme como humano. Acaso, ¿alguien dijo que el humano debía ser perfecto? Si yerras, no te culpes por ello. Está en tu naturaleza. Pero ojo, no hay que ser muy sagaz para evitar caer en la trampa aneja construida a base de negligencia o debilidad y pereza. Reconocerse humano no da pie a ser negligente y perezoso. Sino perdonarse el error. Y seguir intentándolo.
Ser consciente de ello abre el campo de visión y es un excelente ejercicio que amplia la mente. Un ejercicio de tantos.
Banlieu. Así es como un galicismo ha entrado a formar parte de la denominación del extrarradio. Barrio popular cargado de instinto básico. Pero internándome en la via rápida con mi vehiculo, abandono el extrarradio para entrar en el espacio yermo y desprotegido que asemeja el más allá urbano, la metaurbe. Cruza la autopista este espacio desolado donde uno se imagina el desarrollo de las más sangrientas batallas entre ejercitos que, como tablero de ajedrez, alguien desde lo más alto manipula a capricho. Oigo sin esfuerzo los relinchos airados de caballos de guerra, el golpear de metales, el chapoteo entre fango y sangre, el grito sordo de la marabunta..., y el olor de la muerte. Muerte es descanso. Muerte es olvido. Muerte es el cese del dolor. Pesadilla es vivir tras la muerte en una incansable rueda que, tras dolor y dolor, revives la muerte y mueres la vida. Y así en una rueda incansable e insaciable, alfa y omega, donde Kundalini se muerde la cola para renacerse y remorirse eternamente. Tanta suerte que nuestro cerebro, el humano, es incapaz de comprenderse en lo eterno, en lo infinito. De otra manera sería pura locura abismal.
Avanzo pues, entre campos de batalla. Molinos, casas aisladas, huertos, lineas de alta tensión, caminos que se pierden en la oscuridad. Huellas de Humanidad.
Siempre estamos a tiempo para hacerlo mejor. Para mejorar nuestra actitud o nuestra reacción frente al exterior, al Mundo. Si hay voluntad, hay motor.
Es una espina recurrente en mi mente pensar que podría haber hecho las cosas mejor. Y me refiero en concreto a todo lo relacionado a mis hijos. Uno va tomando decisiones, porque eso es lo que se espera de cada uno de los que manejamos nuestra vida y la de los que dependen de nosotros. Se escoge, decide, realiza y, tras la acción, en un tiempo indefinido, se piensa que hubiera sido mejor de otra manera, quizá. La reacción muchas veces es inesperada. La cuestión que me planteo es... ¿estoy haciendo lo adecuado en este momento con referencia a ellos? Siento que he cedido las riendas del control muy pronto, propiciado por su cada vez mayor independencia. Siento que no estoy ahí cada día para ofrecerles mi fuerza y eso, de alguna manera, me duele. Pero no es elección ni decisión mía. Quisiera estar ahí, a su lado, apoyándolos en el día a día. Los dioses, si existen, lo saben, aunque eso no me reconforta. Quisiera estar ahí... y a veces me desola que no sea así.
Pasan metros de asfalto bajo mi vehículo, así como pasa la vida: Veloz.
miércoles, 20 de enero de 2016
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