martes, 28 de julio de 2015
Al séptimo día, se hizo la Luz
Mentiría si dijera que no lo intuía desde mucho tiempo antes. Aunque podría haber quien me dijera que no era intución sino profundo deseo. Mentiría pues si dijera que no lo deseaba con todas mis fuerzas. Mentiría si dijera que no luché por conseguirte, y en esta batalla contra el mundo e incluso contra mi, ganamos los dos.
No podría decirte justamente el punto de partida ni el lugar donde se halla la meta, pero sí puedo decirte que el camino quiero recorrer contigo, porque es contigo que obstáculos se apartan y las frias piedras abandonan su solidez para mutarse en algodón. Huyen a nuestro paso las nubes que hasta hace poco apagaban el paisaje irreconocible y hostil, lugar plagado de alimañas alimentadas por la oscuridad. Es contigo que brillan los días y mayor se hace el deseo de compartirlos. Es por ti que crece la ilusión de vivir, es por ti que el miedo al invierno desolado huye con las tormentas pasadas.
Tú, mi luz, tus besos llenos de vida, tus caricias triunfantes, mi regocijo, tu encanto natural, tus palabras me llegan como suaves caricias que me rodean y me hacen sentir sereno, me brindan parte del placer y sabiduría de los que gozan los dioses. Tú, mi amor, sólo tú has abierto la prisión donde mi alma atormentada lloraba por no gozarte cada momento, pues para ello está destinada su existencia. Es el séptimo día, ese en el que tanto tú como yo, con las manos cogidas y dedos entrelazados, podemos descansar al sabernos en paz.
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