Despertando lenta y pesadamente, aterido de frío, mojado, entumecido,
dolorido... Mis ojos se resisten a abrirse mientras en el interior de
mi cabeza se libra una batalla donde las estocadas y puñaladas se clavan
en sienes y nuca; entretanto el frío me paraliza. Yaciendo en una
cuneta, al borde de una carretera, parece que amanece, la poca luz que reciben
los ojos durante los breves momentos en que puedo mantenerlos
ligeramente abiertos, no me permite reconocer dónde estoy. En estos
momentos tampoco me importa. No me importa nada, solo descansar, dormir
profundamente, aunque mi cuerpo se queja de la dureza e irregularidad
que sirven de lecho. Dolor y frío. Mucho frío. Quiero dormir.
Se
eleva el sol sobre el horizonte, cálido y familiar, así como lo hago
yo, liberado del frío y la humedad que me entumecían. Ligero, me
desplazo mecido por la brisa describiendo curvas por el aire como lo
hace una pluma. Me elevo y me asombro pero no me extraña. La sensación
de paz me invade y me dejo llevar. Abajo va quedando el trazado oscuro
de la carretera flanqueado por una hilera de esqueletos de árboles
invernales que se levantan a lo largo de la cuneta donde, agazapado, se
oculta mi cuerpo, frío y húmedo.
Mientras sigo
elevándome como un globo huido de mano infantil, noto como mi conciencia
se desvanece, lenta y suave, sosegadamente desaparezco.
martes, 24 de septiembre de 2013
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