martes, 24 de septiembre de 2013

Microrrelato de un martes corriente

Despertando lenta y pesadamente, aterido de frío, mojado, entumecido, dolorido... Mis ojos se resisten a abrirse mientras en el interior de mi cabeza se libra una batalla donde las estocadas y puñaladas se clavan en sienes y nuca; entretanto el frío me paraliza. Yaciendo en una cuneta, al borde de una carretera, parece que amanece, la poca luz que reciben los ojos durante los breves momentos en que puedo mantenerlos ligeramente abiertos, no me permite reconocer dónde estoy. En estos momentos tampoco me importa. No me importa nada, solo descansar, dormir profundamente, aunque mi cuerpo se queja de la dureza e irregularidad que sirven de lecho. Dolor y frío. Mucho frío. Quiero dormir.

Se eleva el sol sobre el horizonte, cálido y familiar, así como lo hago yo, liberado del frío y la humedad que me entumecían. Ligero, me desplazo mecido por la brisa describiendo curvas por el aire como lo hace una pluma. Me elevo y me asombro pero no me extraña. La sensación de paz me invade y me dejo llevar. Abajo va quedando el trazado oscuro de la carretera flanqueado por una hilera de esqueletos de árboles invernales que se levantan a lo largo de la cuneta donde, agazapado, se oculta mi cuerpo, frío y húmedo.

Mientras sigo elevándome como un globo huido de mano infantil, noto como mi conciencia se desvanece, lenta y suave, sosegadamente desaparezco.